miércoles, 25 de marzo de 2020

NORA

Jamás, en su corto periodo de trabajo en Tempus, había llegado a imaginar que hacer viajes acompañada iba ser un incordio. Jack no hacía más que atraer los problemas, y enfadar a un ateniense con prisa podría haber causado una catástrofe temporal. Sin embargo, tenía que reconocer que gracias a su torpeza, habían topado con una pista nada más llegar. Ahora sólo debían tomarla y tirar de ella hasta desmantelar el posible robo, si es que llegaban a alcanzarla.
Correr en un suelo pedregoso con unas sandalias no era algo fácil, sobre todo cuando no se poseía la forma física suficiente como para perseguir a alguien que parecía estar entrenado. La figura alta y ancha del ateniense se perdía entre las múltiples siluetas de los ciudadanos, que transitaban con tranquilidad la polis, abriendo paso conforme la chica lo solicitaba con sutiles y cortas disculpas. 
— ¿Se puede saber por qué estás tan segura de que ese hombre busca a los Asu... como se llamen? — preguntó Jack, siguiéndola de cerca. Su voz no sonaba cansada en absoluto, casi se podría decir que no estaba dando lo mejor de sí en la carrera ladera abajo.
— Porque esos hombres... han preguntado por el Tridente de Poseidón — contestó la chica entre jadeos, concentrada en no perder de vista al hombre que, poco a poco, se alejaba cada vez más.
— ¿Y eso es raro aquí?
— Es lo común hablar de los dioses, pero no tan específicamente de algo que... los historiadores creen que... —  intentó explicarse, sintiendo como un dolor agudo le punzaba en el costado. Empezaba a sentir nauseas, un mareo desagradable que amenazaba con hacerla detenerse.
— ¿Estás bien?
— ¡Sigue a ese hombre, maldita sea!

La carrera comenzó a decaer por parte de la chica. La continúa carrera descendente del ateniense y la información que había dado, hicieron suponer a Nora que se dirigía hacia puerto. Y aunque desde la acrópolis pudo ver el mar, conforme bajaba cada vez le parecía más lejano. Finalmente, Jack tuvo que adelantarse. Confiando en que llegaría hasta el destino del hombre al que seguían sin mayores problemas, se permitió correr un poco más despacio... y qué error. 
Al llegar a puerto, una enorme zona llena de puntos de atraque y mercadería, donde los marineros subían o descendían de sus navíos y se intercambiaba pescado por dracmas, le costó encontrar a su compañero. Tuvo que pasar desapercibida, mientras recobrara el aire, mientras buscaba con la mirada a dónde había ido a parar Jack y lamentándose por no haberle explicado aún por qué era tan importante que no se separasen demasiado. 
Por suerte, su voz, que ya empezaba a ser familiar, resonó entre el gentío. Su baja estatura no le permitió ver entre el resto de atenienses, de forma que Nora tuvo que encaminarse hasta primera línea de puerto para descubrir como, sin escrúpulo alguno, el joven se estaba encarando con su objetivo.
— Te estoy pidiendo que me expliques lo del Tridente ¡No es tan difícil de entender!
— Pero, vamos a ver ¿Quien te crees tú que eres? ¡Que me lleve Hades ahora mismo si no estoy hablando con un loco! — gruñó el ateniense. Su voz sonaba cavernosa e imponente, la cual, acompañada de sus pintas, hicieron que la chica se temiese lo peor. Aunque apenas encontró fuerzas para hacerlo, corrió hacia ambos hombres, quienes discutían sobre una pasarela rústica de madera. Junto a ellos, un pequeño navío lleno de tripulación parecía contemplar la escena con suma curiosidad y extrañeza.
— ¡Eh! ¡Eh! — intervino Nora, colocándose entre ambos hombres y empujando a Jack hacia atrás, alejándole. Tenía que admitir que intentar hacer que se moviese era tan difícil como arrastrar una roca pesada. — Disculpa, perdónele. Le pierde la lengua y ha bebido demasiado — mintió. Nunca, en ninguno de sus viajes, había tenido que improvisar tanto como aquel día. 
— ¿Y ésta quien es? — señaló el ateniense a la chica. A decir verdad, él si que olía a vino y sudor. Ahora entendía su marcha tan repentina y acelerada en la Acrópolis. 
— Es una hetera — respondió Jack. De haber podido, Nora se hubiese palmeado la cara con un golpe contundente. No esperaba que el ladrón aprendiese palabras con tanta facilidad, ni mucho menos que se acordarse de todas sus explicaciones. De todo lo que podía haberle contado sobre Grecia, había elegido lo menos adecuado.
— Como digo, ha bebido demasiado vino y tendrás que disculparle. También nos han robado algunos dracmas, así que está enfadado — añadió. Se mordió el labio inferior con inseguridad, incapaz de adivinar hasta dónde estaban interfiriendo en el tiempo y en la vida de aquel hombre, pero, por suerte, éste se relajó. 
— ¿También os han robado dos tipos con máscara? Me dijisteis que no habíais visto nada — los señaló a ambos ésta vez.
— Porque... porque... no hemos visto quien ha sido la persona que nos ha robado — tragó saliva. — Durante la celebración había muchas personas, pero un par de ellas nos preguntaron sobre nuestra opinión sobre Poseidón y el tridente. Nos pareció extraña la necesidad de reflexionar de ello que tenían cuando la celebración conmemora a Atenea, pero no le dimos mayor importancia. Ahora creemos que quienes han robado los dracmas a ambos son la mismas personas — terminó por decir, comprendiendo que su mentirijilla surtía efecto.
— Ya veo — se rascó la nuca el hombre. — ¿Tantos dracmas os han robado como para que ese hombre se ponga así? — bufó. 
— Los suficientes como para comer y pagar mis servicios — se le ocurrió responder, componiendo la sonrisa más falsa que pudo. No quería ni ver la cara que Jack estaría poniendo en aquel momento. Por suerte, le estaba dando la espalda. — Te marchaste corriendo porque caíste en la cuenta de que los ladrones se dirigen a Lesbos ¿Verdad?
— Eso creo. O al menos sobre eso hablé. ¿No dice la gente que Poseidón bendijo las arenas de Lesbos y que allí dejó su Tridente para proteger la isla?
— ¿Ah, sí? ¿Eso dicen? — preguntó Nora con inevitable emoción. Sabía que Poseidón era venerado en Tebas porque los restos que la historia había dejado así lo confirmaban. Pero ¿Lesbos? Jamás había tenido indicios de ello. Y dándose cuenta de que su emoción estaba siendo demasiado llamativa, carraspeó y recobró la compostura. — Quiero decir... Sí, eso dicen — confirmó. 
— Voy a ir a buscarles. Con suerte, aquella palabrería no era simple distracción para quitarme el dinero y verdaderamente están buscando algo allí. Nadie me roba en la cara y se marcha como si nada. La ira de Ares no será nada comparada con la mía en cuanto les encuentre — confirmó, acercándose al navío que aguardaba. 
— ¡Espera! — le detuvo la chica. — Querríamos ir — pidió la chica. — Necesitamos los dracmas y no tenemos navío que nos lleve hasta Lesbos. 
— ¿Vosotros? ¿En mi barco? — preguntó dudoso. Nora entendió rápidamente que no todos los días alguien le pedía favores a alguien con tan mal aspecto como él. Miró de reojo las velas de su navío, que no presentaban bandera alguna... así que se temió lo peor. Estaba haciendo tratos con un pirata, sin lugar a dudas. — Como queráis. Pero que ése no moleste a mis hombres — señaló a Jack. — Subid ya, porque no voy a perder ni un poco más de tiempo. Con suerte, el viento soplará a nuestro favor — terminó por decir, justo antes de cruzar la pasarela y subir al navío de un salto. 
— ¿No decías que no podíamos interferir? — susurró Jack cerca de la chica, viendo como el ateniense preparaba a sus hombres, quienes desplegaban las velas y recogían amarras a toda prisa.
— Si esas personas son Asuras, ya han intervenido por nosotros — confirmó ella. 
— ¿Y qué demonios es el Tridente de Poseidón? ¿Existe?
— Quiero pensar... que sí.

Jack subió al navío sin dificultades, mientras que Nora necesitó un poco de tiempo para recoger su quitón y dar un salto demasiado grande para sus cortas piernas. Casi pensó que se iba a caer al pisar el suelo de cubierta, sobre todo porque Jack no le ayudó a detener su pequeño traspiés. Por suerte, consiguió conservar el equilibrio y aquello provocó la risa de los hombres y el capitán. Nora no se ofendió por ello, suponiendo que debía ser normal. — ¿Así tratas a la hetera que pagas? — preguntó el ateniense, dirigiéndose a Jack. — Aunque desde luego no pareces una hetera. Sin joyas, con prendas gruesas... No me extraña que os hayan robado los dracmas — aseguró. Nora notó que Jack quiso hablar, de seguro, replicar. Una mirada furtiva fue suficiente para conseguir que se callase. 
— Te recompensaremos con algunos dracmas cuando esto termine — aseguró la mujer, cambiando el rumbo de la conversación. El ateniense se acercó a ambos, cruzando de brazos, como si inspeccionase cada detalle físico de la pareja.
— Espero que así sea. Este barco no se cuida sólo con mimos — aseguró, acariciando la madera robusta de una de las barandas, tras esquivar a algunos de sus hombres, quienes ya estaban tomando los remos. — ¿Cómo os llamáis?
— Yo soy Casandra. Y él es... Argos — Nora inventó los nombres tan rápido como pudo, buscando en su mente el sin fin de ellos que había podido llegar a leer en antiguas escrituras.
— De acuerdo, Argos y Casandra. Yo soy Draco — se presentó caminando hacia el timón. — Lesbos está a un día de navegación, así que rezad a los dioses para que nos encontremos con esos desgraciados antes de surcar el Egeo — terminó por decir. Ambos le observaron alejarse y tomar la custodia del navío, haciendo que éste comenzase a alejarse de las orillas de Atenas conforme los marineros movían los remos a cada lado del mismo. 
Nora suspiró con tremendo pesar, dirigiéndose hacia la proa, el único sitio donde no molestaría a ninguno de aquellos hombres que ahora la transportaban. Jack la siguió, sin perder vista de todo cuanto le rodeaba. La chica fue incapaz de decir si aún estaba asumiendo la realidad o seguía perdido en la locura del momento, aunque aquel no era el mayor de sus problemas. Apoyando los codos sobre la baranda, frotó su rostro con rostro con pesar. — ¿Eso siempre es así? — preguntó el joven con curiosidad.
— No — contestó ella con rotundidad. — Sobre todo porque ahora nos estamos metiendo en un lío.
— ¿Un lío? ¿Qué pasa?
— Las velas no portan bandera. Creo que son piratas — susurró la chica en voz muy baja conforme el barco tomaba rumbo. 
— Pensaba que los piratas estaban en El Caribe.
— La piratería es un oficio, por así decirlo, tan antiguo como la prostitución. Desde la creación del primer barco, la piratería nació. Y estamos metido de lleno en uno repleto de ellos — se lamentó. 
— ¿Y por qué has propuesto acompañar a ese tío? — se quejó, algo alterado.
— Porque es la única pista que tenemos para llegar hasta el Tridente — bufó. Después, puso los ojos en blanco y suspiró. — El Tridente de Poseidón es una pieza que, aunque descrita por algunas personas de la Antigua Grecia, nunca ha sido encontrada por ningún historiador. Es un mito, una leyenda. Pero si existe, no me extraña que los Asura lo estén buscando. Están reuniendo piezas, artilugios de cada época significativa de la historia, una especie de balizas que... — un marinero pasó junto a ellos, de forma que la chica guardó silencio. — Ya te lo explicaré cuando volvamos — decidió, limitándose a contemplar como el imponente Partenón, coronando la Acrópolis, se desdibujaba lentamente de la visión de la mujer. Sus colores tan brillantes, imponentes y llamativos apenas habían podido ser disfrutados y aquello le provocaba un poco de tristeza. Deseó, al menos, solucionar el asunto con los Asura rápido para poder volver cuanto antes a una de sus ciudades favoritas. 
— Tengo que estar soñando...— murmuró Jack.
— Empieza a creértelo ya — sugirió ella, lanzándole una mirada empática. — Lesbos no va a ser el último sitio al que pretendan robar.
— ¿Estás de coña? — preguntó sorprendido. — ¿Vamos a viajar más?
— ¿Quieres bajar la voz? — chistó la chica, envuelta en nervios. — Preocúpate en que salgamos de ésta ilesos y que, cuando lleguemos a la isla, seas capaz de robar el Tridente mucho antes que los Asura, porque sólo para eso estás aquí. Cuando ésto termine, ya veremos cual será el próximo sitio al que irás — le apuntó con el dedo. — Y más te vale no separarte de mí mientras estemos en este tiempo, porque no ha sido muy conveniente que me hayas catalogado como una hetera. A partir de ahora, déjame hablar a mí y tu guarda silencio. 
— ¿Cómo quieres que actúe bien si ni si quiera soy consciente de estar aquí?
— Yo hablo y tú robas. El resto de pensamientos que tengas, guárdalos en el caos de tu mente hasta que consigas asentarla ¿Está claro? 
— Eres muy gruñona para la estatura que tienes — se burló. Nora cerró los puños, con una creciente ola de nervios y odio subiendo por su garganta. No podía gritarle, ni reprenderle ni despedirle. Sólo podía tragar sus sentimientos e ignorarle. 

— ¡Eh! ¡Vosotros dos!— gritó Draco desde su posición en el timón, una vez la orilla pasó a ser una fina linea en la visión lateral de todos. Jack y Nora se volvieron con curiosidad, pues hasta entonces, no se habían movido de la proa, procurando ser lo menos molestos posible. — ¡¿Alguna preferencia en la contienda?! — preguntó con tono jocoso.
— Ay, no...
— ¿Qué pasa? — preguntó Jack con el ceño fruncido. 
— Con todo este jaleo, se me había pasado completamente por alto — susurró, lanzando al hombre una mirada perdida y asustada. — Estamos en guerra.


Abrir los ojos fue un poco costoso, como si fuera el amanecer de un nuevo día. Era extraña la sensación de estar cegado a través de los párpados cerrados, pero aquel fogonazo de luz que en una milésima de segundo amenazó por quemarle las retinas no fue algo fácil de soportar y mucho menos, algo común. Jack sintió una extraña sensación de vértigo concentrándosele en el estómago en forma de una nausea creciente a la vez que se le erizaban todos los vellos del cuerpo, sin excepción alguna. Un escalofrío electrizante recorrió su columna vertebral hasta calambrearle finalmente la nuca... y entonces, ocurrió. De pronto, oía pájaros cantando alegremente, así como sentía la calidez de un sol un poco agresivo en su piel como si fuese verano. La sensación en sus pies a través de las sandalias había cambiado, pues ya no pisaba un terreno uniforme y sólido. Sinceramente, tuvo miedo de abrir los ojos -Eh ¿Estás bien?- oyó a Nora hablarle, por lo que se atrevió a abrir uno de los ojos y mirarla. La chica estaba resplandeciente. Si la tuviera que describir dejando a un lado su orgullo y su sensación de pavor, diría que le parecía la mujer más hermosa que había visto en su vida. Jamás había visto una sonrisa semejante, una ilusión tan despampanante en una mirada. Estaba excitada de alegría a niveles insospechados y no necesitaba conocerla más para atisbarlo.
-¿D-dónde estamos? ¿Cómo hemos salido de...?- se atrevió a abrir los ojos con su totalidad y entonces, lo vio. Pese a estar en una suerte de apartado callejón, no se escapaba a su mirada la gente que caminaba de un lado a otro en la salida de la calle. Oía voces que hablaban, que gritaban, que vendían y reían. Toda persona vestía como él o como Nora y allí donde le alcanzaba la vista, veía el nacimiento de los grandes pilares de la Acrópolis, sostenida sobre una suerte de risco amurallado que la elevaba por encima del resto de la gran ciudad. Ambos caminaron distraidamente hasta salir de aquel callejón para abrirse a la más pura realidad: estaban realmente en Atenas, en la Antigua Grecia
-Te lo dijimos. Has viajado en el tiempo- le masculló la chica, sin apenas moverse como un fantasma. Se percibía la enorme alegría en su voz.
-Estás de coña- dijo Jack conteniendo la risa.
-No hables así. Sé educado- le corrigió la chica -Ya sabes, procura mantener la calma. Veamos dónde podemos sacar algo de información...- Nora echó a andar para darse cuenta no muchos pasos después de que Jack no la estaba siguiendo. Estaba allí, helado, siendo un poco el centro de atención de más de un transeunte. Alarmada, Nora volvió rapidamente a su lado -¿Jack? ¿Qué haces?-
-La cámara oculta. Sácala ya- decía, ensimismado mirando la alta Acrópolis.
-No hay tiempo, espabila. Vamos- tuvo que tomarle la mano para tirar de él, pero parecía una estatua inamovible.
-Venga, vamos. No es posible. Decidme la verdad. Ah, ya sé. Me habéis drogado- miró a Nora -Tenéis una sexy enfermera para embaucar a la gente y luego le drogáis. No eran nanotraductores lo que me inyectasteis sino algún tipo de droga alucinógena con la que manipuláis mi mente a través de sugestión con esa máquina gigante y la verborrea del viaje en el tiempo y los iluminatis y... y...- se trastabillaba hablando -¡No!- cayó en cuenta -¡Vosotros sois los ilumina-!- una suave bofetada apenas impactó en la cara de Jack, pero era necesaria. No era tanto la fuerza como el impacto repentino de una fuerza física lo que sacó a Jack de su ensoñación, reiniciándole el cerebro como si se tratara de una especie de ordenador básico y disfuncional.
-Cierra-la-boca- le explicó Nora, apremiándole a bajar la voz -Ni se te ocurra gritar ¿Me oyes? Y no menciones la palabra que empieza por I. Son Asura ¿Recuerdas?-
-Ah, sí, sí...- Jack volvió a elevar la vista lentamente hasta la Acrópolis y su mirada volvió a perderse -Dios... Drogas, definitivamente drogas. Me vais a sacar los órganos y...-
-Por el amor de Dios...- gruñó Nora, sabiendo que no debía formar una escena arrastrándole bruscamente de allí -¿Quieres recomponerte de una vez? ¿Por favor? Te lo suplico, no la fastidies- aquel cambio de tono pareció hacer más efecto en Jack, apelando a su responsabilidad más que intentar sacarle del trance por las malas. El hombre la miró y pestañeó varias veces.
-¿De verdad estamos en la Antigua Grecia...?-
-Sí- sonrió Nora. Es que no podía evitarlo.
-Esto es... increible-
-¿A que sí? Ahora, por favor. Sé profesional. Camina conmigo de forma distraida, normal, sin ninguna actitud sospechosa ¿Vale?- pidió la chica, a lo que Jack asintió. De ese modo, por fin, ambos iniciaron la marcha. Nora no pudo evitar comprobar por el rabillo del ojo que Jack caminaba como si estuviese pisando hielo fino, como si un paso en falso fuese a desquebrajarlo todo y la tierra fuera a hundirse por debajo de sus pies. A su modo, era un poco adorable que un hombre tan grande y arrogante ahora pareciese un gatito asustado bordeando una bañera llena de agua.

La pareja deambuló durante unos minutos para aclimatarse al ambiente y la situación, en especial Jack, que empezaba a hacerse a la idea de que de verdad había viajado en el tiempo no pocos años, precisamente -Estamos en un periodo tenso- comentó Nora, recreándose en todo cuanto veía, encantada -No te extrañes si oyes hablar de guerras. Recuerda que la Esparta ahora son enemigos de los Atenienses-
-Ya, ya...- suspiró profundamente Jack.
-¿Mejor?- quiso saber la chica.
-Sí, algo- al afirmar, se quedó mirando a una chica que cargaba incómodamente un ánfora bastante pesada -Creo que necesita ayuda- fue a caminar hacia ella pero Nora le detuvo.
-¿A dónde crees que vas?-
-A ayudarla, lo he dicho. Va que no puede-
-¿Qué parte de no intervenir con nada no has entendido?- inquirió.
-Pero si es una chica con un ánfora-
-Jack, esa mujer puede ser decisiva en la historia y no lo sabemos. Imagínate que su destino en la historia es que ese ánfora se le rompa y debido a ello conozca a alguien, que le llevará a cumplir ciertos pasos en la historia que nos lleve a nuestro presente. Si ahora la ayudas, evitarás ese suceso y podrías terminar incluso no existiendo ¿Entiendes?-
-Entonces estamos en una misión suicida- observó el hombre.
-Prácticamente. Cada cosa que hacemos debe pasar desapercibido a nivel histórico. No debemos intervenir ni interferir de ninguna manera significativa. No ayudar ni incordiar-
-¿Entonces debemos estar a parte si observamos, por ejemplo, un asesinato? ¿Uno que podemos evitar? ¿O una violación? ¿O rapto de niños o lo que sea?- Jack había disipado por completo su inmadurez. Hablaba como el adulto lúcido que era, preguntando a Nora con suma seriedad. La chica bajó el rostro y suspiró pesadamente, aceptando la fria realidad.
-No somos policías del tiempo, Jack. No hemos venido a ser héroes para los que, para nosotros, hace siglos que no están. La historia es arcilla moldeada por las manos del tiempo y las gentes que lo han habitado. Si ahora cruzamos esa esquina y nos encontramos de frente con la mayor injusticia de la historia, no podemos hacer nada. Si fueramos a la Alemania del 1939 y nos encontramos a Adolf Hitler en pleno comienzo de la Segunda Guerra Mundial tomando un aperitivo distraido, no podemos apresarlo ni asesinarlo aunque eso salve miles y miles y miles de vidas ¿Entiendes?- Jack comprendía que Nora no estaba precisamente feliz con esa situación que pintaba. Se percibía un deje de dolor en su voz, puesto que era duro ser sabedor de la impotencia y la imposibilidad de hacer algo bueno, algo justo -Somos solo fantasmas en este lugar. Así que hagamos las cosas rápido, en sigilo y de forma certera-
-Comprendido. No volveré a preguntar-
-Gracias- era un agradecimiento sincero -Y... bueno ¿Qué te parece todo esto, entonces?-
-Aún increible- Nora soltó una risilla.
-Yo tampoco me acostumbro...- respiró hondo, captando los aromas de aceites perfumados, fruta y barro, así como el de las pinturas orgánicas de las estructuras y la madera quemada de los braseros que ardían en puntos estratégicos de las estructuras -Pero basta de perder el tiempo. Dime, qué sugieres-
-¿Cómo que qué sugiero?-
-Estás aquí por algo. Sugiere, aporta. Eres un ladrón y el más experimentado del mundo, según se mire. Así que adaptate a la situación: quieres robarle algo en las narices a los Asura. Con tu experiencia y pericia ¿Cómo lo harías?- Jack se quedó pensativo largo rato, en silencio. Los atenienses pasaban junto a ellos de forma distraida, haciendo sus vidas. De vez en cuando alguien se quedaba mirando a Jack, pues su figura y su porte, así como su rostro, era muy llamativo para la epoca. Nora debía admitir que tenía una belleza griega que no contrastaba mal en absoluto. Sería una perfecta estatua así como estaba, pensando con la mano en el mentón. Si se hubiese afeitado en condiciones, tendría a medio pueblo ateniense babeando por él.
-Por más que piense, si no sé qué voy a robar, poco puedo hacer. Debemos encontrar algún tipo de información. Hemos venido a ciegas-
-Tienes razón, supongo. Por muy experto que seas no puedo pedirte que seas adivino-
-Y no es que no me gustaría serlo- bromeó.
-Quizá podamos encontrar algún simposio, alguna reunión con bebida y fiesta. La guerra no es óvice para ello. Estamos en Atenas, a fin de cuentas-
-Borrachos ¿eh? Esos hablan mucho- sonrió Jack
-Pues decidido. Vamos a dar un paseo- dicho y hecho, la pareja emprendió el camino. Durante el trayecto pudieron observar de todo, desde viviendas hasta puestos de venta. Había reuniones de gentes por doquier, así como exuberantes muchachas que paseaban de aquí para allá de forma llamativa y que no escapaban a los ojos del ladrón. Nora le explicaba que eran prostitutas, seguramente. Le explicó por encima la diferencia entre una hetera, que era más una dama de compañía que una prostitua, con las pornai, que sí eran prostitutas al uso y se dedicaban únicamente al mercado del sexo.
-El trabajo más antiguo, según dicen-
-Uno de ellos, sí- se encogió de hombros la chica -Mmm...- meditó -Se me ocurre algo- alzó la vista hasta la Acrópolis -Subamos allí- Jack la miró un instante tras mirar la Acrópolis.
-¿Estás buscando ideas o es por dar un paseo más largo y explorar Atenas?- Nora le miró y le sacó la puntita de la lengua, mordiéndosela a sí misma.
-Culpable. Pero no deja de ser cierto que allí debe de haber decenas de personas, es el punto álgido-
-Pues... vamos, entonces-

Tardaron varios minutos en llegar, pues el trayecto no era corto. Sin embargo, como un abendición de los dioses del Olimpo, allí se encontraron con una celebración. Una más de tantas. Adoraban una estatua de Atenea mientras bebían, cantaban y bailaban. Había un cordero muerto sobre un altar y del que estaban cortando pedazos para asarlo al fuego y poder degustarlo. El lugar estaba abarrotado, lleno de voces y música de arpas y flautas -La diosa de la guerra brinda su protección ante el pueblo ateniense. No es de extrañar- comentó Jack, cruzándose de brazos.
-¿Te gusta la mitología?- cuestionó Nora.
-Tanto como a ti la historia. Sin embargo no soy el más versado en ella, precisamente. Más bien soy un aficionado, pero me apasiona. Quisiera aprender tanto como pueda-
-Vaya, no esperaba que tuvieras esas inquietudes-
-¿Es que un ladrón no puede tener gusto por lo sofisticado?- bromeó Jack, siguiendo a la chica hacia el gentío.
-Yo no he dicho tal cosa- se lavó las manos la chica -Ahora a ver, qué podemos hacer aquí...- al pasar junto a un pilar, un fornido hombre pasó junto a ella sin mayores problemas, ya que los problemas como tal los arrastraba Jack. Al cruzarse con el ladrón, el hombre distraidamente golpeó a Jack con el brazo, ya que iba un tanto apresurado. En teoría, el ladrón debería de haber asimilado que no debía hacer o decir nada, pero las costumbres eran más poderosas que nuevos conceptos por asimilar.
-Eh, mira por dónde vas- oir aquellas palabras pintaron en Nora el rostro pálido de la muerte, que se giró lentamente como si estuviese a punto de presenciar como una vajilla de porcelana china de una antigua dinastía se rompía en pedazos hasta lo irreconocible -Será idiota, el tío- el griego, por su parte, se estaba girando para clavar su mirada en Jack. Solo presenciar aquella mole de músculos hacía saber a Nora que no era un ateniense cualquiera, sino que a lo sumo era un soldado o más bien un mercenario, a juzgar por su indumentaria sin colores o estandarte alguno. Era alto, tenía el cabello largo y un tanto descuidado así como una barba igual de descuidada y mal recortada. Con la misma celeridad con la que pasó junto a Jack, regresó a él. Lo tomó por el himatión como quien agarra una taza y se lo acercó violentamente al rostro. Nora se sentía caer en un abismo, acababan de romper el tiempo, estaba segura. Si volvían al presente, si es que podían, quizá ahora su padre era su madre, o algo verdaderamente malo, como que fuese un niño y ella, por tanto, se desvaneciera nada mas salir de la Puerta. -¿Qué haces?-
-¿Has visto a un par de individuos ataviados con mantos y máscaras?- pese a su aspecto, preguntó con amabilidad.
-¿Pero qué coñ...?-
-No, no hemos visto nada- se adelantó Nora para calmar la situación -Lo lamentamos mucho. Ojalá pudieramos ayudarte-
-¿Seguro?- preguntó el griego, visiblemente ofuscado pero no proyectando su rabia en ellos -Eran altos, extraños. No hablaban bien el idioma- aquello llamó la atención de Nora -Sus acentos eran extranjeros. No tienen pérdida-
-Suéltame- ordenó Jack de mala gana.
-Disculpa- dijo el griego soltándole -Se han llevado mis dracmas-
-¿Te preguntaron algo?- inquirió Nora, haciendo que Jack la mirase. Se suponía que no debían hablar, ¿Pero quién era él para juzgar?
-¿Por qué?- quiso saber el griego.
-Quizá podriamos haber oído que hablaba alguien de algo relacionado- inventó la chica.
-Me preguntaron por los dioses. Por Poseidón y su tridente. Como si fuera posible que alguien como yo supiera algo del señor de los mares- gruñó
-¿Y sabes algo?- insistió Nora.
-¿Qué voy a saber, mujer? Lo que todos sabemos- bufó -Habladurías y leyendas sobre que la última vez que le vieron fue en Lesbos y... ¡Por Zeus!- dicho aquello, echó a correr.
-Que tipo tan raro- se mofó Jack.
-¡Corre, maldita sea!- apremió Nora a Jack, instándole a seguir al griego.
-¿Pero qué pasa?- iban aprisa, pero tampoco corriendo demasiado, pues no debían llamar demasiado la atención y arriesgarse a que algún soldado les llamara la atención. Más le valía no perder de vista al griego, eso sí.
-¿Cómo que qué pasa? Las posibilidades de que los tipos que buscan sean de los Asura son enormemente elevadas. Debemos indagar. Hemos tenido un golpe de suerte-
-Atenea nos ha bendecido- bromeó Jack mientras seguía junto a la chica al desesperado griego, que parecía dirigirse hacia los muelles de Atenas.

martes, 24 de marzo de 2020

NORA

El vestidor era todo cuanto cualquier historiador podía soñar. 
La habitación, que se dividía en dos en función del sexo, contaba con un enorme arsenal de prendas y conjuntos expuestos y debidamente cuidados de todas las épocas. No es que fuese ropa real, claro estaba, sino imitaciones facilitadas por una estrecha colaboración entre profesionales de la costura y auténticos expertos en la materia. A cada lado en cada una de las dos secciones, había dispuestos distintos armarios de puertas de puro cristal que clasificaban la ropa en función de la geografía a la que pertenecían y su antigüedad en el tiempo. Por ello, la sala era inmensa. Quizás, una de las mayores alas de todo Tempus, y para Nora, uno de sus lugares favoritos. 
— Aquí es donde debes prepárate cada vez que solicitemos tus servicios. Si te encuentras perdido, cualquiera de los encargados del departamento de historia puede orientarte para que escojas la prenda más adecuada. Hoy puedo ayudarte yo — explicó la chica, señalando a un sin fin de prendas guardadas bajo plásticos protectores. Jack miraba a cada lado ensimismado. Hacía ya rato que había dejado atrás la verborrea, de forma que, parecía, empezaba a creerse lo que estaba viviendo.
— ¿Hoy? ¿Tengo que prepararme hoy? — preguntó con el ceño fruncido.
— Tenemos prisa. Cuanto antes demos con aquello que los Asura quieren robar, mejor para todos, incluso para ti — le recordó. — Es mejor que empieces ya a trabajar para lo que te hemos contratado. Tu libertad no es gratis — Sin esperar más respuestas, se dirigió hacia uno de los armarios y corrió una de las puertas de cristal hacia un lado. Una inscripción metálica sobre el mueble delataba que estaba buscando ropa dentro del conjunto dedicado a la Antigua Grecia. — 450 a.C, 440 a.C... aquí, 430 a.C — anunció, extrayendo algunas prendas, todas a la vez. De sus plásticos protectores colgaban distintas etiquetas que especificaban la época a la que pertenecían. 
— Parecen... todas iguales — señaló Jack, observando como la joven exponía las piezas a lo largo de un ancho sillón.  Nora sonrió para sus adentros. No le faltaba razón al admitir que la moda en aquel intervalo de tiempo no había variado demasiado. No, al menos, ante los ojos de alguien que no sabía diferenciar los sutiles cambios de generación. 
— Elige una. Procura sentirte cómodo con la que elijas, porque es posible que pases bastantes horas con ella puesta — explicó la chica.
— Pero si son harapos — se quejó. 
— ¿Qué quieres? ¿Viajar en el tiempo con camisa y vaqueros? — se enfrentó la chica a él. Su falta de profesionalidad comenzaban a impacientarla, a hacerle ver que era, a todas luces, uno de los candidatos más arriesgados que la empresa podía contratar. Por suerte, se relajó al ver como Jack sonreía con cierta incertidumbre expresada en la curva de sus cejas. Incluso se frotó la frente, algo confuso. Estaba claro que no asimilaba lo que ocurría, y la experiencia de la chica no la estaba dejando ponerse en su situación. — Tranquilo. Va a salir bien. Sólo elige una prenda. — le instó, con una voz mucho más comprensiva. — Los zapatos son aquellos que ves en la zona inferior de los armarios. Cumplen la misma función que el resto de la ropa, así que ya sabes qué hacer. ¿Sabras vestirte tú solo?
— ¿Crees que no se vestirme? ¿O es que quieres quedarte? — preguntó con picardía.
— No son prendas a las que estés acostumbrado y no, no voy a quedarme. Tengo que prepararme yo también — replicó, emitiendo un largo suspiro y dirigiéndose a la puerta.
— ¿Prepararte?
— ¿Crees que voy a dejarte solo en la Antigua Grecia? — preguntó de forma retórica. Jack separó los labios con plena intención de protestar, pero poco dispuesta a escucharle, Nora cruzó la puerta del vestidor masculino. Tenían prisa.

El quitón que Nora había elegido no era la primera vez que lo vestía. Una de las ventaja de los ropajes de la Antigua Grecia era que no daban problemas de tallas a la hora de vestirlos, de forma que siempre podía elegir el conjunto que más le gustase, y aquella prenda, de estilo jónico, era su favorita. El color crema hacía al vestido poco destacado, pero las mangas cortas siempre le habían parecido elegantes para la época. Otra de las ventajas que presentaba era la posibilidad de recoger la prenda mediante una cuerda llamada zonen. La baja estatura de la chica hacía que la mayoría de las prendas del vestidor fuesen demasiado largas para ella, pero el zonen amarrado bajo su pecho era la mejor herramienta para evitar aquel engorroso obstáculo.
Cruzar Tempus vestida, con las sandalias puestas y el pelo suelto, era algo también habitual. A ningún trabajador le parecía raro ver a alguien vestido de otra época, pues allí aquello era el orden del día. Además, la concentración efectiva con la que todos trabajaban impedía que levantasen sus rostros de los ordenadores, los servidores o resto de equipos, de forma que cruzar las instalaciones hasta llegar a los pies de la Puerta de Acrono sin ningún tipo de atraso.
Su padre, Jacob, ya estaba allí. La máquina estaba encendida, puesta en marcha para iniciar lo que debía ser un viaje corto y con un objetivo claro. Nora observó como la Puerta emitía un sonido metálico en serie, algo molesto. A su vez, la estructura metálica parecía emitir vapor en algunas ocasiones debido a la enorme energía con la que trabajaba. A pesar de que amaba su trabajo, aquel artefacto seguía dándole escalofríos.
— ¿Ya estáis listos? — preguntó el director de la empresa. Su frente sudaba, como siempre que trabajaba, señal manifiesta de que además, estaba tenso. — ¿Donde está el ladrón? — preguntó con un deje despectivo.
— Preparándose — le informó. — ¿Cómo le ves? — preguntó insegura, mordiéndose el labio inferior.
— Irresponsable, impetuoso, grosero, maleducado. ¿Quieres que siga? — respondió sin tapujos. — Ya te dije que no era una buena idea.
— Pero sí nuestra única opción — tragó saliva. — Confía en mi, por favor. Lo que va a vivir ahora debe cambiar su modo de ser, estoy segura. Además, voy a vigilarle en todo momento. 
— ¿Es que no te da miedo? Es un ladrón, un delincuente. Por el amor de Dios, Nora.
— Puede que sea alguien peligroso aquí, en ésta época. Una vez cruce la Puerta, las personas peligrosas pasarán a ser otras. ¿Recuerdas? — insistió. Que su padre se sintiese siempre orgulloso era una de las metas de la chica, y la simple idea de fallar en algo la convertían en una mujer insegura. Sabía perfectamente que podría ser incapaz de cumplir su misión si con ella viajaba la seguridad de que su padre no confiaba en ella y sus planes. 
— Espero que tengas razón, hija... porque de momento... — Jacob miró por encima del hombro de Nora, de forma que ésta tuvo que girarse para saber qué era aquello que había captado su atención. Jack caminaba con aires desenfadados hacia ellos, vistiendo la prenda elegida de mala forma y mostrando con ella la parte superior de su cuerpo al completo. Tenía un cuerpo trabajado que, sin duda alguna, estaba orgulloso de mostrar. Ante las risas que provocó entre el personal que se detuvo a observarle, Nora tuvo que acercarse a él rápidamente para corregir sus errores.
— ¿No te dije que buscases ayuda si no sabías vestirte? — preguntó entre dientes, echando mano a la prenda.
— ¿Es que no se viste así? — preguntó aburrido.
— No. Está mal. Espera, déjame — pidió, agarrando uno de los extremos del tejido y pasándolo por el hombro desde su espalda, haciendo que cayese por mitad de su torso. Después, se puso frente a él para terminar de adecentarle. Jack parecía estar divirtiéndose, a pesar de todo. — Esto es un himatión. Debes colocártelo como si se tratase de un chal. Lo común era vestirlo sobre un quitón como el mío, pero a veces se encontraba a personas vistiéndolo sin nada más, sobre todo en las épocas más calurosas, así que supongo que así servirá — explicó, terminando por echar un ojo a sus sandalias, que al menos, había sabido atar. — ¿Llevas algo encima? ¿Dinero? ¿Teléfono móvil? 
— ¿Quieres registrarme? — preguntó, mostrando sus blanca y perfecta dentadura.
— Céntrate. No está permitido llevar ningún tipo de enseres personales. Absolutamente nada. Además, sobre el teléfono móvil, aún tenemos que proporcionarte uno. El tuyo debe ser confiscado, así que no te sorprendas si al volver no lo encuentras donde sea que lo hayas dejado.
— Esto es un poco... ¿Abusivo? 
— ¿Preparado? — le cortó. Lanzó una mirada a Jacob tras volverse y éste asintió. La máquina estaba lista.

Nora condujo a Jack hasta la plataforma céntrica que servía de núcleo a toda la maquinaria que componía la Puerta de Acrono. Mientras que ella se mostraba tranquila, él parecía ponerse ligeramente nervioso. Miraba a todas partes, como si temiese que en algún momento algo fuese a asaltarle o alguien revelase que todo aquello que estaba intentando comprender era una farsa. Ambos se colocaron uno frente al otro, al tiempo que unos enormes postes circulares comenzaron a dar vueltas a través de ellos. A su vez, estaban siendo vigilados por todo el personal que empezaba a trabajar en el viaje, así como Jacob. Miraba a su hija con cierta desesperación y ella lo captó. Suspiró e intentó centrarse en el plan. — ¿Estás nervioso? — le preguntó.
— Sinceramente, no estoy nervioso. Preocupado sí, porque ésto es una locura — admitió con un tono de voz menos bromista. 
— Si sientes miedo en algún momento, recuerda que procedes de una época superior y más avanzada. Ése es el truco que uso yo — sonrió. — ¿Qué sabes del año 430 a.C? — quiso saber, esperanzada de encontrar alguna respuesta. Sin embargo, se topó con el enorme silencio incomprensible del hombre.
— ¿Cuenta la mitología? — preguntó finalmente. Las aspas que les rodeaban cada vez giraban más deprisa.
— Sí... si vas a ir a un templo a pedirle a los dioses que te amparen — le aseguró. — En el 430 a.C la Guerra del Peloponeso acababa de empezar. La Liga de Delos y la Liga del Peloponeso, es decir, Atenas y Esparta, se enzarzaron en un conflicto militar por el inminente poder del primero y la antigua hegemonía del segundo. Es decir, que puede que nos encontremos con algún que otro altercado en el transcurso de nuestro viaje. 
— ¿Tengo que estudiar historia para ir? ¿Aquí y ahora?
— No — volvió a reír la chica. — Para la historia ya estoy yo — De repente, la plataforma sobre la que estaban comenzó a temblar. Las aspas daban vueltas cada vez mas deprisa, lo que indicaba que ya quedaba poco para traspasar el tiempo. Ésa vez fue Jack quien tragó saliva. — Tienes que tener tres cosas presentes antes de que nos vayamos, eso sí. Lo primero de todo, no debemos interferir en la historia. — comenzó a enumerar. — Pase lo que pase, tienes que evitar al máximo interponerte, obstaculizar o interrumpir cualquier tipo de acontecimiento que veas. Lo segundo, debes evitar también el contacto con cualquier persona siempre y cuando sea necesario. Lo ideal es que cumplamos nuestros objetivos sin hablar con nadie, pero a veces eso es imposible, así que nuestras conversaciones deben ser estrictamente profesionales. Ni extensas, ni importantes. Tenemos que actuar como si nuestro paso por la historia fuese insignificante. ¿Queda claro? — preguntó antes de continuar. 
— ¿Y la tercera? — preguntó angustiado.
— La tercera es una extensión de la segunda. Lo normal sería no tener que aclararla porque se basa en la lógica, pero por si acaso, te lo diré. No puedes tener relaciones sexuales con nadie. Las relaciones sexuales dejan huella, ya me entiendes. Y no podemos dejar huella.
— De entre todas las prohibiciones, esa me parece la más terrible — bromeó, pero su voz sonaba más preocupada que chancera. 
Jacob dio la seña. Levantó una mano con la palma abierta, advirtiendo de que había empezado la cuenta atrás. Nora separó un poco las piernas y agachó el rostro. — Cierra los ojos — le sugirió al joven, justo antes de hacerlo ella también. Aunque no lo vio, su padre cerró el puño y entonces, las aspas giraron a toda velocidad al rededor de ellos. Fue cuestión de segundos, insuficientes para que Jack consiguiese huir si es que se lo había propuesto. Lo último que Nora pudo ver a través de sus párpados cerrados, fue una inmensa luz, una enorme energía que, para ella, era sinónimo de felicidad.

-¿Vamos?- una sencilla pregunta, igual de apremiante que cualquier otro intento de empujar al ladrón a continuar con el paseo a través de la empresa, que volvió a poner en marcha a la curiosa pareja de caminantes en pos del fin de aquel extraño tour, al menos para Jack.

Terminando de rodear aquella especie de pasillo semicircular, acabaron llegando a una estructura de escaleras metálicas que descendía hacia el nivel inferior haciendo un recorrido en zigzag. Mientras descendían, Jack podía apreciar la ingente cantidad de trabajadores que había en aquella enorme, inmensa sala. Realmente dudaba de si se le podía calificar de "sala" a aquello, pues podría ser tan grande como una cancha de baloncesto o incluso más, como un polideportivo al completo. Aquella maquinaria que funcionaba como eje central de aquel inmenso lugar no era menos imponente que un cohete espacial de la NASA. Era algo realmente impresionante. Nora, su acompañante, no pudo evitar soltar una leve sonrisilla al mirarle como siempre de reojo y ver la cara de pasmado que tenía aquel muchacho que poco más conocía que la vida delictiva. Seguramente, pensaba la joven, el hombre no se habría esperado ver algo así con sus propios ojos ni en la mayor de sus fantasías. Ni siquiera siendo el proclamado rey de los ladrones que aspiraba a ser -¿Y bien?- preguntó mirando a Jack la chica una vez llegaron por fin a la base del suelo de aquel lugar -¿Qué te parece todo hasta el momento?-
-Una broma tan grande como ese trasto- señaló torpemente con la mano -En serio ¿Qué sois? ¿Qué hacéis? ¿Trabajáis para el servicio secreto o algo así? Es imposible que tengáis algo como esto debajo del museo británico. No, qué digo. Es imposible pensar que esto directamente existe y el mundo no sabe absolutamente nada. No he visto ni oido algo semejante en mi vida, en periódico o noticia alguna-
-Lo imposible hace mucho que dejó de existir, señor Rhys. Y sobre lo qué somos... creo que ya te lo he dicho. Pero si quieres que te lo expresemos como si fuera un par de bofetadas en la cara... te presentaré entonces al jefe-

Deambularon por la zona durante unos minutos, pasando a través de incontables mesas repletas de ordenadores y servidores, así como paneles de control. El caminar era algo difícil y desafiante debido a la ingentísima cantidad de cables, tubos y canalizaciones que se extendían por la superficie hacia aquella enorme maquinaria central. Jack no sabía mucho de electricidad pero no recordaba que se comercializaran diámetros de ese calibre en el mercado electrotécnico. Jamás en su vida había visto tamaño grosor en un cable eléctrico ¡Solo la cantidad de cobre necesaria para producir un metro de eso debía de costar un dineral! -Esto son algunos superordenadores- comentó Nora de pasada al percatarse de que Jack seguía sin dar crédito a lo que veía -Todos estos hombres y mujeres que ves aquí son la élite de la ingeniería de Inglaterra. No encontrarás mejores trabajadores en su campo que ellos: desde ingenieros eléctricos hasta físicos-
-¿Puramente británicos? ¿Que sois, racistas?- bromeó Jack.
-En absoluto. Aquí no abogamos por esas miseras tendencias antisociales. En principio somos todos paisanos porque no hemos encontrado gente de confianza del exterior-
-Pues eso suena bastante racista- rio el ladrón.
-Eres una joyita ¿eh?- le miró ella -Un donjuán y un crítico social a jornada parcial... No deberías tomártelo todo tan a la ligera, Rhys. Está en juego tu libertad... y si me apuras la de todos nosotros. Eso de ahí no es un juguete- señaló con la cabeza a la gran máquina central.
-¿Me vas a explicar ya qué es o quieres mantener el misterio hasta que te suplique de rodillas?- comentó el hombre despreocupado.
-Él se encargará. Creo que le tomarás más en cuenta que a mí, visto lo visto- se resignó la chica con un suspiro sarcástico mientras se acercaban a un hombre grande y con barba recortada. Su cabello y la misma barba estaban salpicada de canas y sus ojos ligeramente ojerosos se encontraban protegido por unas gafas de montura negra. El hombre vestía una vata blanca al igual que el resto de trabajadores de la zona. Al parecer, era por mera distinción del personal y el campo/zona de trabajo a la que se dedicaban en Tempus. Estaba tan sumido en una pantalla llena de complejos cálculos y fórmulas que ni reparó en que Nora se le acercaba por la izquierda -Hola papá- saludó cariñosa.
-Estas variables... supongo que pueden ser aceptables dentro de los campos de Diraq. Si tenemos en cuenta el flujo de vacío incluso podemos concluir que estas hondas son en efecto... Sí, creo que sí...- mascullaba.
-Hola, suegro- saludó Jack. Aquellas palabras hicieron que tanto Nora como su padre, automáticamente, fijaran los ojos en él. Jack miraba divertido al llamado padre de Nora, que no sabía ni pestañear en aquel instante.
-¿Qué?- preguntó quedamente.
-Dios...- bufó Nora -No le hagas caso. Es Jack Rhys, el individuo al que fui a buscar. Es un poco graciosillo. Demasiado para su propio bien- gruñó la chica.
-¿Me ha llamado suegro?- preguntó el hombre inexpresivo.
-Es broma, señor. A lo largo de mi vida he aprendido que no hay mejor forma de llamar la atención de un hombre mayor que hacerte pasar por el repentino novio de su hija- mantuvo Jack la sonrisa animada.
-¿Me estás llamando viejo?- se mantenía el hombre sorprendido.
-A ver, joven no es precisamente- se mofó Jack
-Bueno, basta ya- suspiró la chica -¿Quieres volver a la cárcel? Si es así dímelo ya y no sahorramos el numerito- Jack bajó los hombros en señal de rendición.
-Solo trato de relajar el ambiente-
-El ambiente aquí es más relajado de lo que puedas imaginar. Eres tú el que lo crispa. Así que haz el favor de comportarte. Es el último aviso- le regañó la chica.
-Oido cocina- frunció los labios el ladrón.
-¿De dónde has sacado a este tipo?- el padre de Nora se quitó las gafas y se masajeó el ceño.
-De la cárcel, ya lo sabes. Y creo que se nota-
-Esperaba que alguien que sale de la cárcel con una pena tan infinita como la suya fuese algo más humilde, educado y respetuoso- se volvió a poner las gafas -En cualquier caso... bienvenido, supongo, señor Rhys-
-Nunca me habían llamado señor tantas veces. Me hacéis sentir demasiado importante-
-Oh, lo es. Al menos si cumple bien su función-
-Lo de robar y eso- asintió Jack.
-Sí...- carraspeó el jefe -"Y eso"...-
-Él es Jacob DeWitt, mi padre y director de Tempus, así como coordinador de los saltos espacio-temporales- explicó orgullosa la chica.
-Espacio-temporales- asintió Jack incrédulo.
-Veo que no le has informado de su papel en todo esto-
-Oh, sí que lo he hecho. Si acaso, creo que hay que ser más contundente. Me temo que no es bueno con las sutilezas. De hecho, he podido presenciar en persona en el ala médica con Alice que no es sutil en absoluto-
-¿Estás celosa?- arqueó una ceja Jack.
-Y profundamente egocéntrico- añadió Nora como respuesta.
-Bien- suspiró Jacob, haciendo caso omiso a la actitud de Jack con un esfuerzo sobrehumano -En ese caso, acompáñame señor Rhys. Tenemos que hablar con tranquilidad-
-Llamadme Jack. Me incomoda tanta formalidad-
-Perfecto. Entonces, ven con nosotros Jack-

Dicho y hecho, Jack los siguió hasta una sala contigua que estaba separada del gran aula central por unas paredes de cristal aislante de sonido. Era el despacho técnico de Jacob, donde contaba con miltitud de libros de física, teorías y pizarras garabateadas por doquier. También contaba con varios ordenadores diseminados por tres mesas repartidas por la sala y una cuarta que solo estaba regada de papeles que provocaban mareos a Jack con solo intentar leer qué había escrito en ellos. En esa misma mesa había un par de sillas. Jacob se sentó en una y en la otra invitó a sentarse a Jack. Nora se quedó en pie junto a su padre, servicial y profesional, tablet en mano -A ver Jack... ¿Alguna vez has soñado con viajar en el tiempo?-
-No me trates como a un niño pequeño, por favor- interrumpió Jack el flujo de la entrevista -Tu hija aquí presente ya me ha dicho que en mis espaldas pesan ahora el pasado y el presente y no-se-qué sarta más de habladuría científica y filosófica que no entiendo del todo, pero tampoco soy estúpido. Ese trasto que tenéis ahí no es para mejorar la calidad de internet ¿Me equivoco? ¿De qué va todo esto? ¿Qué demonios queréis de mí exactamente? Está claro que no es robar para el museo como esperaba en un principio-
-Ese "trasto" como lo llamas es lo que aquí llamamos la Puerta de Acrono, la negadora de la barrera que separa el presente del pasado. Un portal. Una máquina del tiempo, Jack- el joven escuchaba atentamente -En Tempus nos hemos dedicado en cuerpo y alma a proteger el legado que la humanidad ha sembrado a lo largo de nuestra existencia. Somos los guardianes del tiempo y de la historia. Somos el verdadero museo de aquello que puede perderse con un solo chasquido de dedos- Jack asintió sin decir nada más -Y ahora más que nunca nos tememos que corre peligro-
-La máquina- asintió Jack.
-No, el tiempo- corrigió Jacob con entusiasmo -Hay enemigos invisibles que jamás creerías que existen y que llevan décadas tratando de controlar el mundo desde las sombras- Jacob realmente sonaba apasionado al respecto.
-De hecho, según nuestra información, no es falso que esos enemigos invisibles controlan la totalidad de los mercados y políticas de la actualidad. Hoy día no hay país que no esté rendido a sus hilos, incluso el nuestro. Solo nosotros figuramos bajo el amparo total y absoluto del subterfugio ante sus ojos. La Familia Real, que Dios les bendiga, nos protegen de ellos pese a estar influenciados por los mismos en otros ámbitos políticos y sociales- explicó Nora.
-¿Y qué son? ¿Iluminatis?- casi se echó a reir Jack.
-Sí- asintió Jacob a la vez que Nora confirmaba con la cabeza -En efecto. Lo que vulgarmente la sociedad de la conspiración llaman Iluminatis. Nosotros preferimos llamarlos Asuras, como nombre en clave-
-Son demonios del Hinduismo- explicó Nora sonriente.
-Tienen ojos y oídos por todas partes, Jack. Es importante que nunca nos refiramos a ellos en ningún lugar como nombres con los que fácilmente se puedan autoreferenciar o podrían sospechar que somos personal de Tempus- Jack asintió -El caso es, muchacho, que tus habilidades nos pueden venir de maravilla. Esa gente hace lo mismo que nosotros, pero en contra de la humanidad. Quieren tomar el control-
-Ella acaba de decir que ya lo controlan todo- señaló Jack.
-El presente- asintió Nora -Pero quieren controlar el futuro, y para ello necesitan manejar el presente. Llevan tanto como nosotros trabajando tras las fronteras del tiempo y el espacio. Persiguen lo que consideramos "balizas temporales". Son objetos clave que, por alguna razón que aún desconocemos, les interesan enormemente y son rastreables. De alguna extraña manera están conectados al flujo temporal y afectan de menor o mayor medida al hilo mismo que teje el tapiz del tiempo hasta nuestros días. Con ellos en su poder, estimamos que pueden cambiar el curso de la historia a su antojo de alguna forma- la expresión de la chica era de tristeza, incluso temor. Jack estaba perdido en sus ojos claros.
-Por eso, Jack- carraspeó Jacob llamando su atención -Como entenderás, nos enfrentamos a ladrones a través del tiempo. Y tú, que prácticamente has hecho historia como ladrón, cuentas con habilidades y conocimientos teóricos a los que ellos no esperan enfrentarse-
-Combatir el fuego con el fuego ¿no?- sonrió Jack.
-Exacto, muchacho- Jacob sonrió complacido y miró a su hija, que posó su mano sobre el hombro de su padre y éste se la apretó cariñosamente al ver que Jack comprendía la situación.
-Entonces a ver si lo he entendido- Jacob y Nora asintieron -Me habéis sacado de una cadena perpetua de la cárcel porque soy lo más parecido a un mago que ha existido jamás, para que os ayude con mi sigilo, mis dotes y mis conocimientos a intentar impedir a los Iluminatis que controlan el mundo que roben piezas importantes perdidas a través del tiempo y el espacio para que no dominen nuestro futuro-
-Exacto- asintió Jacob.
-Comprendo- dicho eso, Jack se puso en pie y echó a caminar.
-¿A dónde vas?- preguntó Nora cuando pasó por su lado, tratando de salir del despacho.
-Estáis como cencerros. Locos, pirados. En la cárcel tenía un compañero que decía que era el hijo de Dios y me parecía más creible que toda esta sarta de bobadas que estáis diciendo- Nora fue tras él, pero Jacob la adelantó. Se tomó la confianza de agarrar a Jack del hombro con suavidad para que se detuviera.
-Sé que es difícil de creer. Pero podemos demostrarlo-
-¿Difícil? ¿En qué año estamos? 2020, tío. La humanidad sufre aún hambrunas en África, enfermedades que matan a miles de un suspiro, políticos ladrones y mentirosos que miran por sus únicos intereses ¡Aún no somos capaces ni de hacer un triste viaje a la fosa más profunda del mar! ¿Y quieres que me crea que existen los Iluminati viajeros en el tiempo y que ahora está en mis manos pararles? Es un buen guión para una película. De hecho es un buen guión hasta para una partida de rol, pero no para la vida real. No he sido religioso en mi vida, ni supersticioso. No he creido en nada en mi vida. No me vais a meter ahora en una secta tecnológica que cree en los Iluminatis, que están amparados por la Reina y que viaja en el tiempo ¿Qué será lo próximo que me vais a contar si os hago caso? ¿Que hay un tipo en pijama sentado en un ordenador escribiendo mi vida?-
-Jack...- suspiró Jacob -No te estamos mintiendo. Escúchame ¿Qué clase de secta, como dices, pagaría el dinero que hemos pagado por sacarte de la cárcel?- Jack callaba ante esas palabras -No solo es el dinero, chico. Es también la responsabilidad. Te colaste en el palacio de Su Majestad, pusiste en peligro la integridad de la Familia Real más querida que existe en el mundo, la más mediática. Quisiste robarles, ningunearles. Créeme, para ellos, o al menos para la Reina, va antes el honor y el renombre de la Familia hasta que su propia sangre. Si no fuera porque te consideramos útil no saldrías de la cárcel ni aunque el mayor millonario del mundo pagara por tu libertad. Tu fianza no es más que una cortina de humo. Te pudrirás en prisión hasta el último de tus días considerado un traidor a la patria. Nos estamos jugando el cuello al traerte aquí, un ladrón en la organización más secreta del mundo justo por debajo de esos Asura. Podrías salir por esa puerta y traer a la prensa hasta aquí y mandar todo esto a la mierda- Jack casi veía la súplica en los ojos de Jacob -Todos perdemos con esto, chico. Absolutamente todos, si nos das la espalda- Jack pasó de mirar a Jacob a mirar a Nora. Por alguna razón, le daba algo de lástima la mirada de aquella chica. La seguridad y confianza que mostraba, tan ferrea y autoritaria desde que lo sacó de la cárcel hasta ese preciso instante en que amenazaba con marcharse, se había desvanecido. Tanto o más como el aire de grandilocuencia de su padre ¿Realmente le necesitaban? Osea... ¿De verdad estaban contándole la realidad? ¿Se podía... viajar en el tiempo de verdad?.
-Necesito... pruebas- dijo dubitativo, sin dejar de mirar a Nora -Demostradme que es verdad todo esto que me estáis contando-
-¿Qué quieres?- preguntó Jacob.
-Un dinosaurio. Traedme ahora mismo un Tiranosaurus Rex- comentó con cierta esperanza en la voz.
-¿Algo más? ¿Un enfermo de peste negra, quizá?- cuestionó Nora -¿Quieres que muramos todos o qué?-  bufó -El tiempo no funciona así, Jack. No podemos estar sacando cosas de su linea temporal a diestro y siniestro y menos aún cosas peligrosas. Somos nosotros los que vamos allí. La única forma de que te lo podamos demostrar es que accedas a ayudarnos. Que vengas con nosotros a un viaje-
-¿A dónde?- quiso saber, arqueando una ceja.
-A cuándo- asintió Jacob -Hace cuestión de unos días hubo una anomalía temporal. Cuando alguien viaja en el tiempo genera unos disturbios, unas ondas. Imagina el efecto de una gota que cae en una superficie acuática que está completamente estática. Esas ondas nos indican cuándo y dónde, aproximadamente, se ha generado una apertura del espacio-tiempo-
-¿Me estás diciendo que esos ilumi... Asura, han viajado hace días?- Jacob asintió.
-Exactamente. Rastreando los círculos concéntricos de las ondas temporales y calculando los parámetros, creemos que están en la Antigua Grecia-
-Dices... la de Sócrates, Platón...-
-Exactamente- confirmó Nora.
-Definitivamente esto es de locos- comenzó a reir Jack -¿Y cómo es posible? Yo no sé hablar griego ni cualquier otro idioma. Y menos el antiguo-
-Eso tiene solución- Nora clickó un par de opciones en la tablet y en cuestión de unos minutos, Alice volvió a hacer acto de presencia con una bandeja de material médico. En ella reposaba sobre una toalla esterilizada una extraña suerte de pistola inyectora y una extraña cápsula convenientemente diseñada para insertarse en la pistola -Esto es una nueva tecnología que hemos diseñado en Tempus y de las que nos sentimos orgullosos. Yo personalmente he aportado en...-
-Hola de nuevo, muñeca- saludó Jack a Alice, que le hizo ojitos -¿Has venido a ponerme una inyección? ¿O te la tengo que poner yo?-
-¿Me estás escuchando?- gruñó Nora, ofendida.
-Tranquilízate, hija. Que disfrute ahora que puede- se mofó Jacob en baja voz, ya que esa actitud de Jack desaparecería pronto. Nora suspiró.
-Como te iba diciendo- repitió, mientras Alice le remangaba la camisa a Jack y le preparaba el brazo para la inyección -No es nada peligroso. Es la solución a tus problemas de idiomas. Y ojalá a otros tantos problemas más- agregó entredientes -Es una suerte de nanotecnología derivada de la Puerta Acrona. Es un traductor que funciona a tiempo real entre interlocutores-
-¿Quieres decir que voy a entender los idiomas?- Jack la miró mientras Alice le colocaba la pistola en el brazo.
-Y te entenderán- corroboró -Funciona en ambos sentidos y a tiempo real. No te darás ni cuenta de que están hablándote en otro idioma y que tú estás hablando ese mismo idioma. Tu cerebro lo reproducirá de manera inmediata al mismo nivel que un nativo-
-Eso es magia pura... ¡Auch!- miró a Alice con el ceño fruncido mientras le limpiaba con un algodón tras el disparo -Me cobraré esto ¿Me oyes?- le dijo a la enfermera -Te debo un pinchazo- le guiñó el ojo. Alice se marchó con una ligera risita -¿O es ahora cuando me decís que me vais a quitar los órganos porque me ha inyectado un potente somnifero-
-Ojalá- suspiró Nora-
-Hija...- corrigió Jacob.
-Me está poniendo nerviosa. No es profesional- señaló.
-Deja que se lo tome a broma, que ya espabilará ¿Verdad, Jack?-
-Oh, sí. Me siento madurar por momentos- sonrió sarcástico.
-En fin- Jacob miró a su hija -Por último enséñale la armería y el vestidor ¿Quieres? Voy a echar un vistazo al buscarutas por si hay alguna novedad. Como sospechamos que están trasteando con la Antigua Grecia estamos ya preparando material, de manera que podrás enseñarle y meterle en la cabeza que lo que estamos haciendo aquí es real- dio un calido beso en la frente a su hija -Ánimo. Si trata de hacer algo raro o de propasarse, dímelo de inmediato. Seguridad estará vigilando también- le dijo al oído -Te dejo con Nora, Jack. Nos veremos en breve cuando termine de hacer unas comprobaciones-
-Claro, jefe- Jacob se marchó. Jack juraría que murmuraba algo y sospechaba que era en su contra, pero le daba igual. Sentía que si no mantenía esa actitud, le costaría demasiado tomarse en serio aquel submundo en el que acababa de entrar. Nora le miraba con los labios fruncidos, sin saber qué poder agregar -¿Y bien?- se animó Jack -¿Cuál es la siguiente parada, compañera?-

lunes, 23 de marzo de 2020

JACK

— Rhys, tienes vista.

Cuando el guardia avisó al preso sin aportar mayor información, éste último frunció el ceño. Las visitas no eran algo frecuente, sobre todo en él, quien mantenía mínimos contactos con sus familiares. Sin embargo, la curiosidad fue tan grande como la sorpresa, de modo que no pudo evitar sonreír con incredulidad mientras la puerta que separaba su habitación del pasillo se abría. 
Apenas pudo dar un paso con total libertad, puesto que, una vez cruzó el umbral, el guardia se encargó de esposar las manos del joven. Siempre le había parecido algo absurdo aquel protocolo, desde luego. La distancia que separaba las celdas de la zona era mínima, de forma que el tiempo en el que mantendría las manos atadas no sería más de unos diez minutos. O era simple protocolo, o le temían, y estaba seguro de que le gustaba más la segunda opción.

La sala de visitas estaba vacía. Las sillas dispuestas al rededor de distintas mesas siempre le había parecido una estampa escolar, pero, por más que ojeaba al rededor del lugar, no encontraba a nadie. Incluso quiso detenerse, pero el guardia le instó a seguir caminando por la zona. — Un momento, un momento... — murmuró el hombre. — ¿Es un vis a vis? — preguntó con sonrisa bobalicona. El funcionario se negó a contestar, puesto que fue respuesta suficiente para el preso dejar de lado la habitación reservada para las parejas de los internos. Por último, llegaron a la sala de comunicaciones. Las cabinas estaban vacías, lo que extrañó a Jack aún más. No obstante, la falta de personas no hacía que el olor del lugar hubiese mejorado un ápice.
— Tienes cuarenta minutos — terminó por indicar el guardia, empujando al hombre hasta la cabina que le correspondía. Tras el denso cristal, rallado y sucio, encontró a una chica a la que no conocía de nada. Vestía una camisa azul bajo un abrigo de lana y tenía el pelo recogido en una coleta. Las gafas le daban un aspecto más juvenil del que ya emanaba. Entre sus manos tenía una carpeta oscura llena de papeles que, estaba seguro, tenían que ver con él. Se temió lo peor, de forma que no tardó demasiado en tomar asiento y colocar el auricular del teléfono junto a su oreja. La chica le imitó.
— ¿Quien me manda una abogada? ¿Qué pasa ahora? — preguntó de mala gana.
— No soy abogada, señor Rhys. No se preocupe — contestó la chica, mostrando una voz jovial y tranquilizadora. 
— Ah — asintió. — ¿Entonces? ¿Qué quieres? — El joven iba directo al grano. No le gustaba andarse con rodeos y menos bajo la atenta mirada de las cámaras de seguridad. Lo que encontró fue la sonrisa de la chica, quien lentamente abrió la carpeta para extraer papeles y leerlos de forma detenida.
— Jack Rhys, treinta y tres años, natural de Bournemouth. Su primer antecedente consta a los quince años, tras atracar en una gasolinera. Después de éste, se sucedieron similares hasta la mayoría de edad, donde la cosa comenzó a cambiar, de seguro, motivada por las penas que podría llegar a alcanzar. Los siguientes atracos fueron limpios, rápidos y eficaces. Constan pocos, a pesar de todo, y puedo adivinar que se debe a que en la mayoría de los casos no consiguieron culparle o incluso a encontrarle ¿No es así? — preguntó curiosa.
— Sabes mucho de mi — respondió con una sonrisa atractiva que la mujer ignoró.
— Bancos, sucursales, mansiones y... aquí esta — señaló con el dedo a uno de los papeles — Su gran plan maestro. 
— El Palacio de Buckingham — se apresuró él a contestar. Estaba orgulloso, se congratulaba así mismo por su hazaña. Casi podía evadirse en aquel momento, devolviendo recuerdos a su memoria de aquel día, no hacía demasiados años... había sido casi perfecto.
— ¿Como fue capaz de evitar a un centenera de guardias y colarse en, quizá, el lugar más seguro de todo Reino Unido? — preguntó la chica, dejando a un lado los papeles y acercándose al cristal tras inclinarse. — No ¿Cómo pudo ser capaz de hacerlo, sabiendo que era un plan imposible?
— ¿Imposible? — se carcajeó. — Lo conseguí, entré. Salieron un par de cosas mal, pero... lo logré. Un día con mejor suerte me hubiesen convertido en el rey de los ladrones. — aseguró. 
— Es posible — ladeó la chica la cabeza. — Pero está aquí, encerrado sin fianza y con una pena que hará que no salga de aquí hasta que su cabeza esté cubierta de cabellos blancos. Siempre y cuando colabore con los funcionarios, claro — recordó la chica. Jack empezó a impacientarse, de forma que dejó de lado sus sonrisas y su falta de interés para componer una mirada seria.
— ¿Qué quieres? — insistió, inclinándose hacia delante.
— Quiero que lleguemos a un acuerdo — respondió la mujer, guardando el expediente y dejando la carpeta de lado. — Le ofrezco un trabajo en el que será recompensando por sus habilidades. Un trabajo digno, claro. No pretendo ofrecerle nada ilegal.
— ¿Me estás dando trabajo? ¿A mi? ¿Sabes cuantas cifras tiene el precio de mi libertad?
— La empresa a la que represento está dispuesta a pagar ese precio ahora mismo — respondió de forma tajante. Jack se quedó helado, con la boca abierta y sin saber qué decir. La situación se estaba enrareciendo por momentos y sus posibilidades eran pocas. O seguía escuchando a aquella chica, o se marchaba. — Nos interesa la fuerza de trabajo que usted pueda proporcionarnos y su incorporación sería prácticamente inmediata.
— Un momento, un momento, un momento — gruñó. — ¿Qué empresa es esa? No será un laboratorio de pruebas ¿Verdad? No quiero que me inyecten mierda en las venas.
— La confidencialidad del proyecto que traemos entre manos no me permite explicar aquí y ahora de qué se trata. Sólo puedo asegurarle que se trata de una empresa prestigiosa, con la que puede volver a rehacer su vida y bajo la que estará seguro en todo momento. Nos encargamos de proteger la integridad de todos nuestros trabajadores y usted no sería menos.
— Ya, por eso está toda la sala vacía ¿No? — El silencio se instauró entre ambos unos segundos. La situación se estaba volviendo tan tensa, que adivinar qué iba a pasar era algo imposible.
— Puede negarse si quiere, no le estoy obligando a nada — se encogió de hombros la mujer. — Si lo desea, puedo irme y todo esto quedará en nada. Olvidaremos la visita y usted regresará a su celda hasta que cumpla la condena que se le ha impuesto.
— ¿Me estás chantajeando? — Ante aquella pregunta, la visita hizo el amago de ponerse en pie. Sin embargo, una punzada de desesperación atenazó el pecho de Jack. No le faltaba razón a la chica al afirmar que su condena era larga, y estaba claro que salir antes de lo previsto iba a ser algo impensable. Aquella mujer, le gustase o no, era su única opción de salir cuanto antes de prisión. — ¡Eh, eh! ¡Espera! — No hizo falta que la mujer volviese al asiento y tomase el teléfono para oírle, puesto que la forma en la que Jack arrastró su silla hizo el ruido suficiente como para que entendiese que se había arrepentido o había meditado mejor la situación. — ¿Qué tendría que hacer? — preguntó, viendo como ella volvía a prestarle atención. Sólo pudo observar su sonrisa.

Nunca había imaginado que sería tan satisfactorio deshacerse del mono naranja y volver a sentir el tacto de su propia ropa, aquel conjunto sucio y desarreglado con el que había ingresado. Se cambió sin dudarlo, frente a la mirada atónita de su compañero de habitación y la del funcionario que le esperaba a la salida de la misma. 
Tras calzarse, fue acompañado hasta la salida de la prisión, sin esposas esta vez. No pudo evitar acariciarse las muñecas y saludar con sonrisas brillantes a los presos que, a través de las ventanillas de las puertas se quejaban entre insultos de que Jack fuese liberado. En la entrada, un dispositivo de seguridad protocolario aguardaba. Distintos guardias a quienes ya conocía habían estado preparando en una bolsa todas sus pertenencias, que eran pocas. Un teléfono móvil, una cartera, unos auriculares y un paquete de chicles. Las caras aburridas de los trabajadores le hicieron ver que poco les importaba si el hombre salía o se quedaba unos años más en prisión, pero le gustaba fantasear con la idea de que algunos le echarían de menos. 
Por último, al salir, mientras el sol le cegaba los ojos, comprobó que la chica que hacía pocas horas se había convertido en su heraldo de libertad le esperaba. Al principio no supo cómo reaccionar, sobre todo porque seguía sin entender en qué se estaba metiendo, pero finalmente, decidió hacer acopio de su labia y su falta de vergüenza para actuar. Tras dar algunos pasos hasta cruzar del todo el jardín, se aproximó a la situación de ella, quien hacía tiempo junto a su vehículo de aspecto muy caro— Está bien, está bien. Ya soy un hombre libre, cielo. ¿Qué quieres de mi? 
— Agradecería que guardase esos apelativos. A partir de ahora vamos a ser compañeros de trabajo y el respeto es algo esencial para el buen funcionamiento del equipo — comentó la mujer visiblemente incómoda. A pesar de ello, extendió su brazo. A Jack no le quedó otra que estrechar su mano. — Nora DeWitt. Encantada de conocerle, señor Rhys. — La chica era de baja estatura, delgada y con poca presencia, pero el agarre fue más firme y decidido de lo que él esperó. Fue hasta sorprendente. — Suba al coche — le pidió. 

Tras dejar sus pertenencias en el maletero, Jack tomó asiento en el lugar del copiloto mientras que Nora lo hacía en el de conductor. Pudo cerciorarse de que era una mujer precavida y presumiblemente insegura, puesto que no puso en marcha el coche hasta que no verificó que su altura en el asiento era la correcta y que los retrovisores estaban bien puestos. Una vez pisó el acelerador, el hombre pudo suspirar con alivio.
— Imagino que dejar atrás la prisión de Bullingdon debe ser algo parecido a quitarse un enorme peso de encima — comentó ella, sin quitar vista de la carretera.
— Depende de hacia donde me esté dirigiendo. — Nora pareció entender su inseguridad, puesto que asintió con una sonrisa y relajó sus hombros, hasta entonces tensos.
— Nos dirigimos a Londres. La sede de la empresa se encuentra en pleno centro de la ciudad, así que nos queda poco más de una hora de viaje. Nuestra ubicación es algo concurrida, ya lo comprobará. Puede estar tranquilo.
— ¿Y qué es eso que tengo que robar? — preguntó insistente. En las cabinas, la mujer le había confesado que necesitaban su habilidad como ladrón experto para tomar algo que les había sido robado en unas circunstancias especiales, pero no había explicado mucho más. — Entenderás que robar no deja de ser algo ilegal.
— Bajo la protección que ampara a la compañía, todo lo que haga por nosotros será considerado legal. En ningún caso sería juzgado por hurto y cualquier complicación que pueda encontrar en el desarrollo de su actividad, la empresa se encargará de solventarla. 
— ¿Puedes dejar de hablarme así? Me pones los vellos de punta — gruñó de nuevo el hombre. 
— Perdona, quería ser... educada — se excusó la chica. Su voz, por unos instantes, pareció más la de una niña que la de una auténtica profesional. Rápidamente, carraspeó y volvió a recobrar la compostura. — En cualquier caso, insisto en que puedes estar tranquilo. Si eres paciente, pronto descubrirás que tu vida va a cambiar.

Londres estaba muy concurrida aquel día. A pesar de que el medio día ya había pasado, la gente seguía caminando de un lado para otro. Los residentes hacían sus quehaceres mientras que un incontable número de turistas se dedicaba a disfrutar de los lugares más icónicos de la ciudad, sobre todo, aprovechando que brillaba el sol. Hacía mucho tiempo desde la última vez que Jack puso un pie en Londres, y ni en sueños había pensado que volvería de aquella forma. 
De vez en cuando, miraba a Nora de reojo, quien no parecía inmutarse con nada que hiciera. La verdad es que se le daban bien las mujeres, solía calarlas e influenciarlas en función de sus intereses, pero dada la situación, no se atrevía a practicar con ella aquellas habilidades. En algún momento se le pasó por la cabeza la idea de que pudiese tener un arma guardada en la guantera o incluso en el bolso, porque, con la poca información con la que contaba, sólo podía pensar que estaba volviendo a meterse en un lío. 
Para su nueva sorpresa, la mujer no detuvo el vehículo en una zona alejada del centro. Dejó el coche en un aparcamiento privado muy cerca de Bloomsbury Square, o eso le pareció. De forma que, cuando bajó del vehículo, se sintió muy extraño. Se limitó a seguir a la chica, quien comenzó a andar tras pedirle que la acompañara. No tardaron en llegar a una calla enormemente transitada en la cual se alzaban una serie de edificios residenciales, de los cuales uno de ellos fue el elegido por Nora para entrar. Nadie pareció sorprenderse de verles allí, ni si quiera el conserje que custodiaba la entrada y salida del edificio. — ¿Qué estamos haciendo aquí? — preguntó, cansado de permanecer ajeno.
— Voy a enseñarte tu nueva vivienda.
— ¿Una casa? ¡¿Qué?! — preguntó atónito, entrando en el ascensor justo después de que ella lo hiciera. Cuando las puertas de cerraron, Nora abrió la boca.
— La empresa ofrece una vivienda para todos los trabajadores que lo necesiten. Y tú necesitas una — le recordó. Olvidaba que la mujer tenía su expediente, y que en él, había podido comprobar que tenía poca familia y que vivía lejos de la ciudad.
— Pero ¿Tengo que pagarla? ¿Es un alquiler?
— Es un préstamo, temporal — aclaró, saliendo del ascensor después de que éste llegase a la planta correcta. — Podrás hacer uso de él tanto como consideres oportuno en el periodo en el que prestes tus servicios, el cual espero que sea bastante. — Sin más, extrajo unas llaves del bolso y abrió una de las tantas puertas que componían en largo pasillo. Allí había muchas viviendas, demasiadas. — Por favor, entra.
El interior de la casa era más de lo que Jack había podido esperar. El suelo y las paredes estaban tan cuidados que no había que ser muy listo para comprender que la casa estaba reformada. Los muebles eran escasos, pero suficientes, dispuestos en los lugares necesarios. Una pequeña cocina se encontraba justo al entrar, y tras ella, un pequeño salón recogido y acogedor por el que podía llegar hasta el baño o una de las tres habitaciones con las que contaba. — Como puedes comprobar, los muebles son nuevos. Hemos equipado la casa con todo lo necesario para que estés cómodo en tus ratos libres. La televisión por cable está incluida — añadió. — En la despensa hay algunos productos que podrás utilizar para alimentarte y asearte durante tu primera semana y en el baño hay toallas para baño y lavabo. En cuanto al lavado, doblando la calle por la que hemos llegado encontrarás una lavandería. Todos los trabajadores la usan — informó.
— ¿Trabajadores? ¿En todo este edificio viven trabajadores? — preguntó incrédulo.
— Así es. El edificio pertenece a la compañía, así que tus nuevos vecinos son tus compañeros de trabajo — aclaró. Jack ni si quiera la miró, pues estaba ensimismado observando todo lo que, de repente, le había sido regalado. — En la habitación... — continuó la chica, entrando en la misma. —... encontrarás que las sábanas también son nuevas. Ah, y en el armario tienes algunas prendas para utilizar. Espero que hayamos acertado con tu talla. 
— Un sueldo, una casa, ropa... ¿Donde está la trampa? — preguntó, posando su brazo en el marco de la puerta. Nora entendió que no había más que explicar y que Jack empezaría a impacientarse aún más, de forma que volvió a dirigirse al salón y sobre la mesa auxiliar, extendió un puñado de papeles que sacó de su bolso. — ¿Qué es eso? — preguntó el joven desde su espalda, cansado de seguirla.
— Contratos y clausulas de confidencialidad — esclareció la chica, aguardando con un bolígrafo en la mano. Jack también asiento en el sofá y leyó por encima lo redactado sobre aquellos papeles. El contrato y las clausulas no hacían más que advertir de serias consecuencias en caso de que la actividad de la empresa fuese descubierta o vendida en forma de información verbal o escrita, además de un puñado de palabrería que el hombre no pudo entender.
— Sí, sí. Todo muy bonito y legal, pero aún no me has dicho donde voy a trabajar. Todo esto suena a encerrona —. Nora no dijo nada. Se dirigió hacia el ventanal que dotaba de luz al salón y apartó las cortinas. 
— ¿Ves aquel edificio de allí? Destaca por su arquitectura — señaló. Jack se aproximó curioso, encontrando que las vistas del salón permitían diferenciar en una de las calles próximas uno de los laterales del Museo Británico. — Allí es donde trabajarás.
— ¿En el museo? — se carcajeó. — ¿Tengo que robar para el museo? ¿Qué cosa? ¿Un papiro? ¿Un plato antiguo? — preguntó con tono de burla, pero al ver el rostro serio de la chica, comprendió que no estaba del todo equivocado en sus pesquisas. — ¿Va en serio? ¿Tengo que robar para el museo?
— Algo así — se cruzó de brazos la chica. — Puedes aceptar o volver a la cárcel. Tú — le recordó. — Pero si te quedas con nosotros y le cuentas a alguien para quien trabajas, o qué haces en tu trabajo, o qué ves en tu trabajo... en definitiva, hablarle a alguien de la empresa... no te puedo prometer la comodidad que has tenido en la cárcel. Nos tomamos muy en serio la confidencialidad, y a cambio, ofrecemos todo esto — señaló a la casa. — Tú decides, Jack Rhys. — En principio, el hombre se mostró serio, aparentando ser alguien profesional y cuidadoso, pero, finalmente, no pudo evitar mostrar una vez más su sonrisa y tomar el bolígrafo de la chica. 
— Tengo que firmar ¿No es así? — preguntó, tomando todos los papeles a la vez. — ¿Y a cuanto asciende el sueldo?
— De eso podrás hablar mañana con el director — comentó la chica tras un suspiro, acercándose a la puerta.
— ¡¿Qué?! ¡¿Mañana?! ¡¿Por qué no hoy?! — preguntó algo desilusionado. De verdad esperaba descubrir que le deparaba el futuro cuanto antes. Las firmas, que empezaron siendo rápidas y ágiles, acabaron transformándose en un garabato sobre el papel. Nora los tomó todos cuando terminó. 
— Porque necesitas asearte y mostrar buena imagen mañana. Date un baño, aséate y cena. Mañana por la mañana, a las diez en punto, te esperaré en la entrada del museo ¿De acuerdo? — insistió Nora, abriéndo la puerta dispuesta a marcharse. — Ah, y procura ser responsable. No llegues tarde — terminó por decir antes de desaparecer. 

El silencio que rodeó a Jack, en su nueva casa, fue el silencio más peculiar que jamás había podido llegar a captar, roto únicamente por el sonido del tráfico de la gran ciudad. Rápidamente, volvió a acercarse a la ventana y observar desde la lejanía el museo. No podía creer que todo fuese tan fácil.



NORA

Nervios, era la palabra correcta.

Los tacones de los zapatos chocaban constantemente contra el suelo a la par que las manos sudaban sin parar. Se la estaba jugando y lo sabía. Ahora tendría que rendir cuentas de todo los problemas que un ladrón sin formación alguna pudiera causar a la compañía, pero no le quedaba otra opción. O probaba suerte, o la suerte iba a darle la espalda.

Hacía ya horas que las puertas del museo habían abierto. La gente no paraba de entrar, como de costumbre, armados con cámaras, panfletos e incluso cuadernos en los casos más interesados. Y entre tantas personas, Nora no era capaz de diferenciar a Jack. Le había pedido que a las diez de la mañana se encontrasen en la entrada, y a apenas un par de minutos de la hora acordada, él aún no estaba allí. Estaba desesperada, por no decir desilusionada. Empezó a preguntarse si quizás había cometido un error, si había errado al seleccionar a un preso o simplemente se había equivocado de preso, cuando le vio llegar. Se había vestido con una de las camisas que se encontraban en el armario, lo que le habían ver más presentable que al salir de la cárcel. Sin embargo, no había hecho con el cabello lo que esperaba. Sus rizos oscuros estaban desaliñados, aunque había igualado los laterales de su cabeza. Y su barba, la cual debía ser inexistente, estaba recortada. La chica se mordió la lengua con desesperación, pero al menos, tenía que admitir que era mejor que nada.
— Ya estoy aquí ¿Qué pasa? ¿Qué tengo que hacer?  preguntó algo entusiasmado.  Aunque esta ropa que me habéis dejado no es muy cómoda para rob...
— ¡Shh!  shitó la chica, llevándose un dedo a los labios.  Cállate.
— Pero si estamos en el museo.
— Estamos en el museo pero no en la empresa. Sígueme.  le pidió.  Y por favor, guarda silencio hasta que lleguemos. Te enseñaré las instalaciones. 

Nora subió las escalinatas de la entrada, las cuales llevaron a ambos a cruzar la imponente fachada de arquitectura neoclásica, que pretendía imitar a los edificios de la Antigua Grecia de alguna manera. Se percató de que Jack admiraba las columnas jónicas con atención, incluso después de haberse quedado ensimismado con el frontón. Nada más entrar, se adentraron en una sala circular perfectamente iluminada gracias a la gran cúpula de vidrio y acero que servía de techo. En el centro de la sala, se alzaba una instalación que servía de biblioteca y a cada lado, numerosas salidas que llevaban a cada una de las alas del museo. Sin embargo, Nora no iba a tomar ninguna de aquellas salidas.  ¿Has estado aquí antes?  preguntó curiosa, sin dejar de caminar hacia el fondo de la sala.
— Puede ser, de niño quizás. No me acuerdo  respondió con cierta pereza.
— El Museo Británico es un museo, ante todo, de antigüedades  comenzó a explicar.  Las colecciones con las que cuentan hacen que el número de piezas ascienda a más de seis millones, las cuales abarcan diversos campos de la historia, la arqueología y el arte. Puedes encontrar exposiciones del Antiguo Egípto, la Antigua Grecia, arte mesopotámico e incluso asiático, así como piezas de la época medieval europea, de América, de África, del Medio Oriente e incluso Oceanía.  enumeró.  Aquí, en el Gran Atrio, puedes observar una enorme sala de lectura, la cual ha sido usada a lo largo de los años por numerosas personas célebres que han marcado el paso de nuestra historia.
— Sí, pero yo no he venido aquí a leer ¿Verdad? 
— Así es.  Tras cruzar una puerta sin señalizaciones, llegaron a un pasillo que daba a un ascensor. Lo tomaron para tan solo bajar un par de plantas bajo el nivel del suelo. A Jack debió parecerle de broma que, tras cruzar las puertas, se diese de bruces con otras, sólo que éstas estaban cerradas y contaban en un lateral con una caja numérica y una especie de escáner. Nora tecleó una serie de números de forma rápida, para después, posar su mano en el escáner. Apenas pasaron unos segundos hasta que las puertas se abrieron para mostrar lo que, a todas luces era, una organización sumamente moderna.

El suelo brillaba tanto como lo hacían las paredes, donde Nora podía verse reflejada si quería. El color blanco predominaba por todas partes, únicamente variado en aquellas zonas donde se hallaban muestras de vegetación intencionadamente plantas y cuidadas, salvaguardadas tras cristales brillantes e impolutos. La decoración era tan minimalista, que los trabajadores, que andaban de un lado para otro, destacaban sobre todo lo demás.  La chica pudo observar por el rabillo de su ojo que Jack se distraía fácilmente. Ya que las instalaciones estaban compuestas por enormes pasillos que se cruzaban entre sí, el hombre parecía no poder evitar echar ojo a las salas que quedaban a cada lado, repletas de ordenadores, servidores y tecnología que, de seguro, era incapaz de identificar.  Bienvenido a Tempus, Jack. Te encuentras ahora mismo en la que, quizás, es la organización más importante del mundo  se atrevió a decir. Sujetó la tablet que portaba con decisión, orgullosa de formar parte de aquel lugar.
— ¿Tempus? ¿Es que esto no es el museo?
— No, no lo es. Nuestra colaboración en el museo es innegable, tanto como lo es con la historia. Aquí protegemos la historia, salvaguardamos las líneas del tiempo y evitamos que lo que es, deje de serlo  comentó enigmática.
— ¿Que qué? 
— Lo entenderás conforme conozcas el lugar  le aseguró.  De momento, piensa que sobre tu espalda ahora pesa la responsabilidad de custodiar la integridad del presente y del pasado. Por eso es tan importante que nadie sepa lo que hacemos aquí. Sería sumamente peligroso que las personas menos adecuadas comprendieran que el pasado y el presente son variables que se mueven a través de un flujo atemporal que... podemos cruzar  confesó con una sonrisa en los labios.
 No te sigo...
 Lo primero de todo es saber cómo estás ¿Te sientes bien? ¿Padeces alguna enfermedad?  preguntó interesada, cruzando uno de los pasillos y adentrándose en una sala médica. Observó que Jack ya no andaba con tanta rapidez. Era comprensible que la visión de varias salas equipadas con material sanitario pudiesen llegar a crear incertidumbre.
 No que yo sepa.
 No te preocupes, comprobaremos que todo esté bien. Entra aquí  Nora abrió una de las puertas y le invitó a entrar. En el interior, una chica aguardaba. Vestía una bata de enfermera y estaba trabajando con un par de informes que, rápidamente, apartó. 
 Alice ¿Puedes encargarte? Serán solo unos minutos  pidió Nora, tomando asiento en una de las sillas que había repartidas por la habitación. 
 Por supuesto. Por favor, siéntese sobre la cama  pidió la chica. Sus cabellos rubios se deslizaron por su espalda como movidos por el viento mientras abría los armarios y tomaba algunos utensilios. 
 ¿Y esto?  preguntó Jack, algo alarmado.
 Un chequeo médico sin más, descuida  insistió la chica, ojeando su tablet. La enfermera procedió a comprobar su vista con sencillas peticiones y preguntas, para pasar después a comprobar su tensión. Seguidamente, comprobó su audición y posteriormente su estado general con otra serie de preguntas. Nora se dio cuenta rápidamente de que, entre sonrisas, ambos estaban coqueteando. Alice se había quedado prendada de Jack y éste no quitaba ojo de los ojos azules de la chica ni de su deslumbrante físico. 
 Voy a sacar muestras de sangre ¿De acuerdo?  preguntó la enfermera, pasando a tomar una jeringuilla y algunos frascos. 
 Todo lo que quieras  respondió él con galantería. Mientras tomaba la muestra, Nora tuvo que arquear una ceja, empezando a comprender de qué palo iba aquel ladrón.
 Sería conveniente una muestra de orina.
 Eso puede esperar. ¿Podrías enviarme los resultados cuanto antes? 
 Descuida, dame una hora y lo añadiré a su historial ¿Ya lo tiene activo?
 Así es, muchas gracias Alice.
 De nada. Oh, esperad  se apresuró la chica a abrir uno de los cajones de su escritorio y extraer un papel. Otra clausula.  Tiene que firmarlo, señor. 
 ¿Otro contrato? ¿De qué se trata ahora?  preguntó con cierto tono gruñón, perdiendo el semblante atractivo que había compuesto.
 Es un acuerdo que nos exime de culpabilidad si durante el periodo en el que trabaje con nosotros pierdes la capacidad de procrear  explicó Nora.  No tenemos indicios de que nuestros trabajadores hayan resultado infértiles tras un periodo prolongado de servicios, pero tampoco podemos confirmar que no pueda ocurrir. 
 ¿Y me lo dices ahora?
 El protocolo es este  se cruzó Nora de brazos.  Como todo, queda a tu decisión  Jack chasqueó la lengua y acabó por firmar a regañadientes. La chica no podía entender como podía ser tan impulsivo con algo que para él aun era desconocido, pero al menos, se alegraba. Aquella actitud jugaba en su beneficio.
 Ya está. Total, no me gustan los niños.
 Una pena, a mi me encantan  añadió Alice.
 Bueno, todo es discutible ¿No crees?  le siguió de nuevo Jack. Una rápida intervención de Nora hizo que ambos dejasen de coquetear nuevamente. La chica instó al hombre a seguir acompañándola y se despidió de la enfermera con una sonrisa, sacándole de allí y haciendo que Alice volviese al trabajo.

 Esto es muy raro. Este sitio digo  señaló Jack. Llevaban ya varios minutos andando a través de las enormes instalaciones y su desesperación empezaba a transformarse en nervios.  Aquí hay mucho dinero, así que o este sitio es muy prestigioso o es una completa ilegalidad, y de organizaciones ilegales se varias cosas  añadió. 
 Observa  le invitó Nora. Habían llegado al centro del lugar. Una enorme cristalera conseguía que el pasillo, hasta entonces recto, hiciese un trayecto semicircular. Tras los cristales, el hombre pudo observar como, a varios metros bajos sus pies, una enorme máquina que estaba siendo trabajada por un incontable número de personas, servía como centro neurálgico del lugar. Era enorme, altisima, llena de cables que rodeaban una plataforma redonda en su centro. De acero puro, repleta de paneles de mando y... sacada de cualquier historia de ciencia ficción.
 ¿Que... es esto?  preguntó atónito.
 Esto, Jack... es la historia.