NORA
El vestidor era todo cuanto cualquier historiador podía soñar.
La habitación, que se dividía en dos en función del sexo, contaba con un enorme arsenal de prendas y conjuntos expuestos y debidamente cuidados de todas las épocas. No es que fuese ropa real, claro estaba, sino imitaciones facilitadas por una estrecha colaboración entre profesionales de la costura y auténticos expertos en la materia. A cada lado en cada una de las dos secciones, había dispuestos distintos armarios de puertas de puro cristal que clasificaban la ropa en función de la geografía a la que pertenecían y su antigüedad en el tiempo. Por ello, la sala era inmensa. Quizás, una de las mayores alas de todo Tempus, y para Nora, uno de sus lugares favoritos.
— Aquí es donde debes prepárate cada vez que solicitemos tus servicios. Si te encuentras perdido, cualquiera de los encargados del departamento de historia puede orientarte para que escojas la prenda más adecuada. Hoy puedo ayudarte yo — explicó la chica, señalando a un sin fin de prendas guardadas bajo plásticos protectores. Jack miraba a cada lado ensimismado. Hacía ya rato que había dejado atrás la verborrea, de forma que, parecía, empezaba a creerse lo que estaba viviendo.
— ¿Hoy? ¿Tengo que prepararme hoy? — preguntó con el ceño fruncido.
— Tenemos prisa. Cuanto antes demos con aquello que los Asura quieren robar, mejor para todos, incluso para ti — le recordó. — Es mejor que empieces ya a trabajar para lo que te hemos contratado. Tu libertad no es gratis — Sin esperar más respuestas, se dirigió hacia uno de los armarios y corrió una de las puertas de cristal hacia un lado. Una inscripción metálica sobre el mueble delataba que estaba buscando ropa dentro del conjunto dedicado a la Antigua Grecia. — 450 a.C, 440 a.C... aquí, 430 a.C — anunció, extrayendo algunas prendas, todas a la vez. De sus plásticos protectores colgaban distintas etiquetas que especificaban la época a la que pertenecían.
— Parecen... todas iguales — señaló Jack, observando como la joven exponía las piezas a lo largo de un ancho sillón. Nora sonrió para sus adentros. No le faltaba razón al admitir que la moda en aquel intervalo de tiempo no había variado demasiado. No, al menos, ante los ojos de alguien que no sabía diferenciar los sutiles cambios de generación.
— Elige una. Procura sentirte cómodo con la que elijas, porque es posible que pases bastantes horas con ella puesta — explicó la chica.
— Pero si son harapos — se quejó.
— ¿Qué quieres? ¿Viajar en el tiempo con camisa y vaqueros? — se enfrentó la chica a él. Su falta de profesionalidad comenzaban a impacientarla, a hacerle ver que era, a todas luces, uno de los candidatos más arriesgados que la empresa podía contratar. Por suerte, se relajó al ver como Jack sonreía con cierta incertidumbre expresada en la curva de sus cejas. Incluso se frotó la frente, algo confuso. Estaba claro que no asimilaba lo que ocurría, y la experiencia de la chica no la estaba dejando ponerse en su situación. — Tranquilo. Va a salir bien. Sólo elige una prenda. — le instó, con una voz mucho más comprensiva. — Los zapatos son aquellos que ves en la zona inferior de los armarios. Cumplen la misma función que el resto de la ropa, así que ya sabes qué hacer. ¿Sabras vestirte tú solo?
— ¿Crees que no se vestirme? ¿O es que quieres quedarte? — preguntó con picardía.
— No son prendas a las que estés acostumbrado y no, no voy a quedarme. Tengo que prepararme yo también — replicó, emitiendo un largo suspiro y dirigiéndose a la puerta.
— ¿Prepararte?
— ¿Crees que voy a dejarte solo en la Antigua Grecia? — preguntó de forma retórica. Jack separó los labios con plena intención de protestar, pero poco dispuesta a escucharle, Nora cruzó la puerta del vestidor masculino. Tenían prisa.
El quitón que Nora había elegido no era la primera vez que lo vestía. Una de las ventaja de los ropajes de la Antigua Grecia era que no daban problemas de tallas a la hora de vestirlos, de forma que siempre podía elegir el conjunto que más le gustase, y aquella prenda, de estilo jónico, era su favorita. El color crema hacía al vestido poco destacado, pero las mangas cortas siempre le habían parecido elegantes para la época. Otra de las ventajas que presentaba era la posibilidad de recoger la prenda mediante una cuerda llamada zonen. La baja estatura de la chica hacía que la mayoría de las prendas del vestidor fuesen demasiado largas para ella, pero el zonen amarrado bajo su pecho era la mejor herramienta para evitar aquel engorroso obstáculo.
Cruzar Tempus vestida, con las sandalias puestas y el pelo suelto, era algo también habitual. A ningún trabajador le parecía raro ver a alguien vestido de otra época, pues allí aquello era el orden del día. Además, la concentración efectiva con la que todos trabajaban impedía que levantasen sus rostros de los ordenadores, los servidores o resto de equipos, de forma que cruzar las instalaciones hasta llegar a los pies de la Puerta de Acrono sin ningún tipo de atraso.
Su padre, Jacob, ya estaba allí. La máquina estaba encendida, puesta en marcha para iniciar lo que debía ser un viaje corto y con un objetivo claro. Nora observó como la Puerta emitía un sonido metálico en serie, algo molesto. A su vez, la estructura metálica parecía emitir vapor en algunas ocasiones debido a la enorme energía con la que trabajaba. A pesar de que amaba su trabajo, aquel artefacto seguía dándole escalofríos.
— ¿Ya estáis listos? — preguntó el director de la empresa. Su frente sudaba, como siempre que trabajaba, señal manifiesta de que además, estaba tenso. — ¿Donde está el ladrón? — preguntó con un deje despectivo.
— Preparándose — le informó. — ¿Cómo le ves? — preguntó insegura, mordiéndose el labio inferior.
— Irresponsable, impetuoso, grosero, maleducado. ¿Quieres que siga? — respondió sin tapujos. — Ya te dije que no era una buena idea.
— Pero sí nuestra única opción — tragó saliva. — Confía en mi, por favor. Lo que va a vivir ahora debe cambiar su modo de ser, estoy segura. Además, voy a vigilarle en todo momento.
— ¿Es que no te da miedo? Es un ladrón, un delincuente. Por el amor de Dios, Nora.
— Puede que sea alguien peligroso aquí, en ésta época. Una vez cruce la Puerta, las personas peligrosas pasarán a ser otras. ¿Recuerdas? — insistió. Que su padre se sintiese siempre orgulloso era una de las metas de la chica, y la simple idea de fallar en algo la convertían en una mujer insegura. Sabía perfectamente que podría ser incapaz de cumplir su misión si con ella viajaba la seguridad de que su padre no confiaba en ella y sus planes.
— Espero que tengas razón, hija... porque de momento... — Jacob miró por encima del hombro de Nora, de forma que ésta tuvo que girarse para saber qué era aquello que había captado su atención. Jack caminaba con aires desenfadados hacia ellos, vistiendo la prenda elegida de mala forma y mostrando con ella la parte superior de su cuerpo al completo. Tenía un cuerpo trabajado que, sin duda alguna, estaba orgulloso de mostrar. Ante las risas que provocó entre el personal que se detuvo a observarle, Nora tuvo que acercarse a él rápidamente para corregir sus errores.
— ¿No te dije que buscases ayuda si no sabías vestirte? — preguntó entre dientes, echando mano a la prenda.
— ¿Es que no se viste así? — preguntó aburrido.
— No. Está mal. Espera, déjame — pidió, agarrando uno de los extremos del tejido y pasándolo por el hombro desde su espalda, haciendo que cayese por mitad de su torso. Después, se puso frente a él para terminar de adecentarle. Jack parecía estar divirtiéndose, a pesar de todo. — Esto es un himatión. Debes colocártelo como si se tratase de un chal. Lo común era vestirlo sobre un quitón como el mío, pero a veces se encontraba a personas vistiéndolo sin nada más, sobre todo en las épocas más calurosas, así que supongo que así servirá — explicó, terminando por echar un ojo a sus sandalias, que al menos, había sabido atar. — ¿Llevas algo encima? ¿Dinero? ¿Teléfono móvil?
— ¿Quieres registrarme? — preguntó, mostrando sus blanca y perfecta dentadura.
— Céntrate. No está permitido llevar ningún tipo de enseres personales. Absolutamente nada. Además, sobre el teléfono móvil, aún tenemos que proporcionarte uno. El tuyo debe ser confiscado, así que no te sorprendas si al volver no lo encuentras donde sea que lo hayas dejado.
— Esto es un poco... ¿Abusivo?
— ¿Preparado? — le cortó. Lanzó una mirada a Jacob tras volverse y éste asintió. La máquina estaba lista.
Nora condujo a Jack hasta la plataforma céntrica que servía de núcleo a toda la maquinaria que componía la Puerta de Acrono. Mientras que ella se mostraba tranquila, él parecía ponerse ligeramente nervioso. Miraba a todas partes, como si temiese que en algún momento algo fuese a asaltarle o alguien revelase que todo aquello que estaba intentando comprender era una farsa. Ambos se colocaron uno frente al otro, al tiempo que unos enormes postes circulares comenzaron a dar vueltas a través de ellos. A su vez, estaban siendo vigilados por todo el personal que empezaba a trabajar en el viaje, así como Jacob. Miraba a su hija con cierta desesperación y ella lo captó. Suspiró e intentó centrarse en el plan. — ¿Estás nervioso? — le preguntó.
— Sinceramente, no estoy nervioso. Preocupado sí, porque ésto es una locura — admitió con un tono de voz menos bromista.
— Si sientes miedo en algún momento, recuerda que procedes de una época superior y más avanzada. Ése es el truco que uso yo — sonrió. — ¿Qué sabes del año 430 a.C? — quiso saber, esperanzada de encontrar alguna respuesta. Sin embargo, se topó con el enorme silencio incomprensible del hombre.
— ¿Cuenta la mitología? — preguntó finalmente. Las aspas que les rodeaban cada vez giraban más deprisa.
— Sí... si vas a ir a un templo a pedirle a los dioses que te amparen — le aseguró. — En el 430 a.C la Guerra del Peloponeso acababa de empezar. La Liga de Delos y la Liga del Peloponeso, es decir, Atenas y Esparta, se enzarzaron en un conflicto militar por el inminente poder del primero y la antigua hegemonía del segundo. Es decir, que puede que nos encontremos con algún que otro altercado en el transcurso de nuestro viaje.
— ¿Tengo que estudiar historia para ir? ¿Aquí y ahora?
— No — volvió a reír la chica. — Para la historia ya estoy yo — De repente, la plataforma sobre la que estaban comenzó a temblar. Las aspas daban vueltas cada vez mas deprisa, lo que indicaba que ya quedaba poco para traspasar el tiempo. Ésa vez fue Jack quien tragó saliva. — Tienes que tener tres cosas presentes antes de que nos vayamos, eso sí. Lo primero de todo, no debemos interferir en la historia. — comenzó a enumerar. — Pase lo que pase, tienes que evitar al máximo interponerte, obstaculizar o interrumpir cualquier tipo de acontecimiento que veas. Lo segundo, debes evitar también el contacto con cualquier persona siempre y cuando sea necesario. Lo ideal es que cumplamos nuestros objetivos sin hablar con nadie, pero a veces eso es imposible, así que nuestras conversaciones deben ser estrictamente profesionales. Ni extensas, ni importantes. Tenemos que actuar como si nuestro paso por la historia fuese insignificante. ¿Queda claro? — preguntó antes de continuar.
— ¿Y la tercera? — preguntó angustiado.
— La tercera es una extensión de la segunda. Lo normal sería no tener que aclararla porque se basa en la lógica, pero por si acaso, te lo diré. No puedes tener relaciones sexuales con nadie. Las relaciones sexuales dejan huella, ya me entiendes. Y no podemos dejar huella.
— De entre todas las prohibiciones, esa me parece la más terrible — bromeó, pero su voz sonaba más preocupada que chancera.
Jacob dio la seña. Levantó una mano con la palma abierta, advirtiendo de que había empezado la cuenta atrás. Nora separó un poco las piernas y agachó el rostro. — Cierra los ojos — le sugirió al joven, justo antes de hacerlo ella también. Aunque no lo vio, su padre cerró el puño y entonces, las aspas giraron a toda velocidad al rededor de ellos. Fue cuestión de segundos, insuficientes para que Jack consiguiese huir si es que se lo había propuesto. Lo último que Nora pudo ver a través de sus párpados cerrados, fue una inmensa luz, una enorme energía que, para ella, era sinónimo de felicidad.
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