JACK
Cuando el guardia avisó al preso sin aportar mayor información, éste último frunció el ceño. Las visitas no eran algo frecuente, sobre todo en él, quien mantenía mínimos contactos con sus familiares. Sin embargo, la curiosidad fue tan grande como la sorpresa, de modo que no pudo evitar sonreír con incredulidad mientras la puerta que separaba su habitación del pasillo se abría.
Apenas pudo dar un paso con total libertad, puesto que, una vez cruzó el umbral, el guardia se encargó de esposar las manos del joven. Siempre le había parecido algo absurdo aquel protocolo, desde luego. La distancia que separaba las celdas de la zona era mínima, de forma que el tiempo en el que mantendría las manos atadas no sería más de unos diez minutos. O era simple protocolo, o le temían, y estaba seguro de que le gustaba más la segunda opción.
La sala de visitas estaba vacía. Las sillas dispuestas al rededor de distintas mesas siempre le había parecido una estampa escolar, pero, por más que ojeaba al rededor del lugar, no encontraba a nadie. Incluso quiso detenerse, pero el guardia le instó a seguir caminando por la zona. — Un momento, un momento... — murmuró el hombre. — ¿Es un vis a vis? — preguntó con sonrisa bobalicona. El funcionario se negó a contestar, puesto que fue respuesta suficiente para el preso dejar de lado la habitación reservada para las parejas de los internos. Por último, llegaron a la sala de comunicaciones. Las cabinas estaban vacías, lo que extrañó a Jack aún más. No obstante, la falta de personas no hacía que el olor del lugar hubiese mejorado un ápice.
— Tienes cuarenta minutos — terminó por indicar el guardia, empujando al hombre hasta la cabina que le correspondía. Tras el denso cristal, rallado y sucio, encontró a una chica a la que no conocía de nada. Vestía una camisa azul bajo un abrigo de lana y tenía el pelo recogido en una coleta. Las gafas le daban un aspecto más juvenil del que ya emanaba. Entre sus manos tenía una carpeta oscura llena de papeles que, estaba seguro, tenían que ver con él. Se temió lo peor, de forma que no tardó demasiado en tomar asiento y colocar el auricular del teléfono junto a su oreja. La chica le imitó.
— ¿Quien me manda una abogada? ¿Qué pasa ahora? — preguntó de mala gana.
— No soy abogada, señor Rhys. No se preocupe — contestó la chica, mostrando una voz jovial y tranquilizadora.
— Ah — asintió. — ¿Entonces? ¿Qué quieres? — El joven iba directo al grano. No le gustaba andarse con rodeos y menos bajo la atenta mirada de las cámaras de seguridad. Lo que encontró fue la sonrisa de la chica, quien lentamente abrió la carpeta para extraer papeles y leerlos de forma detenida.
— Jack Rhys, treinta y tres años, natural de Bournemouth. Su primer antecedente consta a los quince años, tras atracar en una gasolinera. Después de éste, se sucedieron similares hasta la mayoría de edad, donde la cosa comenzó a cambiar, de seguro, motivada por las penas que podría llegar a alcanzar. Los siguientes atracos fueron limpios, rápidos y eficaces. Constan pocos, a pesar de todo, y puedo adivinar que se debe a que en la mayoría de los casos no consiguieron culparle o incluso a encontrarle ¿No es así? — preguntó curiosa.
— Sabes mucho de mi — respondió con una sonrisa atractiva que la mujer ignoró.
— Bancos, sucursales, mansiones y... aquí esta — señaló con el dedo a uno de los papeles — Su gran plan maestro.
— El Palacio de Buckingham — se apresuró él a contestar. Estaba orgulloso, se congratulaba así mismo por su hazaña. Casi podía evadirse en aquel momento, devolviendo recuerdos a su memoria de aquel día, no hacía demasiados años... había sido casi perfecto.
— ¿Como fue capaz de evitar a un centenera de guardias y colarse en, quizá, el lugar más seguro de todo Reino Unido? — preguntó la chica, dejando a un lado los papeles y acercándose al cristal tras inclinarse. — No ¿Cómo pudo ser capaz de hacerlo, sabiendo que era un plan imposible?
— ¿Imposible? — se carcajeó. — Lo conseguí, entré. Salieron un par de cosas mal, pero... lo logré. Un día con mejor suerte me hubiesen convertido en el rey de los ladrones. — aseguró.
— Es posible — ladeó la chica la cabeza. — Pero está aquí, encerrado sin fianza y con una pena que hará que no salga de aquí hasta que su cabeza esté cubierta de cabellos blancos. Siempre y cuando colabore con los funcionarios, claro — recordó la chica. Jack empezó a impacientarse, de forma que dejó de lado sus sonrisas y su falta de interés para componer una mirada seria.
— ¿Qué quieres? — insistió, inclinándose hacia delante.
— Quiero que lleguemos a un acuerdo — respondió la mujer, guardando el expediente y dejando la carpeta de lado. — Le ofrezco un trabajo en el que será recompensando por sus habilidades. Un trabajo digno, claro. No pretendo ofrecerle nada ilegal.
— ¿Me estás dando trabajo? ¿A mi? ¿Sabes cuantas cifras tiene el precio de mi libertad?
— La empresa a la que represento está dispuesta a pagar ese precio ahora mismo — respondió de forma tajante. Jack se quedó helado, con la boca abierta y sin saber qué decir. La situación se estaba enrareciendo por momentos y sus posibilidades eran pocas. O seguía escuchando a aquella chica, o se marchaba. — Nos interesa la fuerza de trabajo que usted pueda proporcionarnos y su incorporación sería prácticamente inmediata.
— Un momento, un momento, un momento — gruñó. — ¿Qué empresa es esa? No será un laboratorio de pruebas ¿Verdad? No quiero que me inyecten mierda en las venas.
— La confidencialidad del proyecto que traemos entre manos no me permite explicar aquí y ahora de qué se trata. Sólo puedo asegurarle que se trata de una empresa prestigiosa, con la que puede volver a rehacer su vida y bajo la que estará seguro en todo momento. Nos encargamos de proteger la integridad de todos nuestros trabajadores y usted no sería menos.
— Ya, por eso está toda la sala vacía ¿No? — El silencio se instauró entre ambos unos segundos. La situación se estaba volviendo tan tensa, que adivinar qué iba a pasar era algo imposible.
— Puede negarse si quiere, no le estoy obligando a nada — se encogió de hombros la mujer. — Si lo desea, puedo irme y todo esto quedará en nada. Olvidaremos la visita y usted regresará a su celda hasta que cumpla la condena que se le ha impuesto.
— ¿Me estás chantajeando? — Ante aquella pregunta, la visita hizo el amago de ponerse en pie. Sin embargo, una punzada de desesperación atenazó el pecho de Jack. No le faltaba razón a la chica al afirmar que su condena era larga, y estaba claro que salir antes de lo previsto iba a ser algo impensable. Aquella mujer, le gustase o no, era su única opción de salir cuanto antes de prisión. — ¡Eh, eh! ¡Espera! — No hizo falta que la mujer volviese al asiento y tomase el teléfono para oírle, puesto que la forma en la que Jack arrastró su silla hizo el ruido suficiente como para que entendiese que se había arrepentido o había meditado mejor la situación. — ¿Qué tendría que hacer? — preguntó, viendo como ella volvía a prestarle atención. Sólo pudo observar su sonrisa.
Nunca había imaginado que sería tan satisfactorio deshacerse del mono naranja y volver a sentir el tacto de su propia ropa, aquel conjunto sucio y desarreglado con el que había ingresado. Se cambió sin dudarlo, frente a la mirada atónita de su compañero de habitación y la del funcionario que le esperaba a la salida de la misma.
Tras calzarse, fue acompañado hasta la salida de la prisión, sin esposas esta vez. No pudo evitar acariciarse las muñecas y saludar con sonrisas brillantes a los presos que, a través de las ventanillas de las puertas se quejaban entre insultos de que Jack fuese liberado. En la entrada, un dispositivo de seguridad protocolario aguardaba. Distintos guardias a quienes ya conocía habían estado preparando en una bolsa todas sus pertenencias, que eran pocas. Un teléfono móvil, una cartera, unos auriculares y un paquete de chicles. Las caras aburridas de los trabajadores le hicieron ver que poco les importaba si el hombre salía o se quedaba unos años más en prisión, pero le gustaba fantasear con la idea de que algunos le echarían de menos.
Por último, al salir, mientras el sol le cegaba los ojos, comprobó que la chica que hacía pocas horas se había convertido en su heraldo de libertad le esperaba. Al principio no supo cómo reaccionar, sobre todo porque seguía sin entender en qué se estaba metiendo, pero finalmente, decidió hacer acopio de su labia y su falta de vergüenza para actuar. Tras dar algunos pasos hasta cruzar del todo el jardín, se aproximó a la situación de ella, quien hacía tiempo junto a su vehículo de aspecto muy caro— Está bien, está bien. Ya soy un hombre libre, cielo. ¿Qué quieres de mi?
— Agradecería que guardase esos apelativos. A partir de ahora vamos a ser compañeros de trabajo y el respeto es algo esencial para el buen funcionamiento del equipo — comentó la mujer visiblemente incómoda. A pesar de ello, extendió su brazo. A Jack no le quedó otra que estrechar su mano. — Nora DeWitt. Encantada de conocerle, señor Rhys. — La chica era de baja estatura, delgada y con poca presencia, pero el agarre fue más firme y decidido de lo que él esperó. Fue hasta sorprendente. — Suba al coche — le pidió.
Tras dejar sus pertenencias en el maletero, Jack tomó asiento en el lugar del copiloto mientras que Nora lo hacía en el de conductor. Pudo cerciorarse de que era una mujer precavida y presumiblemente insegura, puesto que no puso en marcha el coche hasta que no verificó que su altura en el asiento era la correcta y que los retrovisores estaban bien puestos. Una vez pisó el acelerador, el hombre pudo suspirar con alivio.
— Imagino que dejar atrás la prisión de Bullingdon debe ser algo parecido a quitarse un enorme peso de encima — comentó ella, sin quitar vista de la carretera.
— Depende de hacia donde me esté dirigiendo. — Nora pareció entender su inseguridad, puesto que asintió con una sonrisa y relajó sus hombros, hasta entonces tensos.
— Nos dirigimos a Londres. La sede de la empresa se encuentra en pleno centro de la ciudad, así que nos queda poco más de una hora de viaje. Nuestra ubicación es algo concurrida, ya lo comprobará. Puede estar tranquilo.
— ¿Y qué es eso que tengo que robar? — preguntó insistente. En las cabinas, la mujer le había confesado que necesitaban su habilidad como ladrón experto para tomar algo que les había sido robado en unas circunstancias especiales, pero no había explicado mucho más. — Entenderás que robar no deja de ser algo ilegal.
— Bajo la protección que ampara a la compañía, todo lo que haga por nosotros será considerado legal. En ningún caso sería juzgado por hurto y cualquier complicación que pueda encontrar en el desarrollo de su actividad, la empresa se encargará de solventarla.
— ¿Puedes dejar de hablarme así? Me pones los vellos de punta — gruñó de nuevo el hombre.
— Perdona, quería ser... educada — se excusó la chica. Su voz, por unos instantes, pareció más la de una niña que la de una auténtica profesional. Rápidamente, carraspeó y volvió a recobrar la compostura. — En cualquier caso, insisto en que puedes estar tranquilo. Si eres paciente, pronto descubrirás que tu vida va a cambiar.
Londres estaba muy concurrida aquel día. A pesar de que el medio día ya había pasado, la gente seguía caminando de un lado para otro. Los residentes hacían sus quehaceres mientras que un incontable número de turistas se dedicaba a disfrutar de los lugares más icónicos de la ciudad, sobre todo, aprovechando que brillaba el sol. Hacía mucho tiempo desde la última vez que Jack puso un pie en Londres, y ni en sueños había pensado que volvería de aquella forma.
De vez en cuando, miraba a Nora de reojo, quien no parecía inmutarse con nada que hiciera. La verdad es que se le daban bien las mujeres, solía calarlas e influenciarlas en función de sus intereses, pero dada la situación, no se atrevía a practicar con ella aquellas habilidades. En algún momento se le pasó por la cabeza la idea de que pudiese tener un arma guardada en la guantera o incluso en el bolso, porque, con la poca información con la que contaba, sólo podía pensar que estaba volviendo a meterse en un lío.
Para su nueva sorpresa, la mujer no detuvo el vehículo en una zona alejada del centro. Dejó el coche en un aparcamiento privado muy cerca de Bloomsbury Square, o eso le pareció. De forma que, cuando bajó del vehículo, se sintió muy extraño. Se limitó a seguir a la chica, quien comenzó a andar tras pedirle que la acompañara. No tardaron en llegar a una calla enormemente transitada en la cual se alzaban una serie de edificios residenciales, de los cuales uno de ellos fue el elegido por Nora para entrar. Nadie pareció sorprenderse de verles allí, ni si quiera el conserje que custodiaba la entrada y salida del edificio. — ¿Qué estamos haciendo aquí? — preguntó, cansado de permanecer ajeno.
— Voy a enseñarte tu nueva vivienda.
— ¿Una casa? ¡¿Qué?! — preguntó atónito, entrando en el ascensor justo después de que ella lo hiciera. Cuando las puertas de cerraron, Nora abrió la boca.
— La empresa ofrece una vivienda para todos los trabajadores que lo necesiten. Y tú necesitas una — le recordó. Olvidaba que la mujer tenía su expediente, y que en él, había podido comprobar que tenía poca familia y que vivía lejos de la ciudad.
— Pero ¿Tengo que pagarla? ¿Es un alquiler?
— Es un préstamo, temporal — aclaró, saliendo del ascensor después de que éste llegase a la planta correcta. — Podrás hacer uso de él tanto como consideres oportuno en el periodo en el que prestes tus servicios, el cual espero que sea bastante. — Sin más, extrajo unas llaves del bolso y abrió una de las tantas puertas que componían en largo pasillo. Allí había muchas viviendas, demasiadas. — Por favor, entra.
El interior de la casa era más de lo que Jack había podido esperar. El suelo y las paredes estaban tan cuidados que no había que ser muy listo para comprender que la casa estaba reformada. Los muebles eran escasos, pero suficientes, dispuestos en los lugares necesarios. Una pequeña cocina se encontraba justo al entrar, y tras ella, un pequeño salón recogido y acogedor por el que podía llegar hasta el baño o una de las tres habitaciones con las que contaba. — Como puedes comprobar, los muebles son nuevos. Hemos equipado la casa con todo lo necesario para que estés cómodo en tus ratos libres. La televisión por cable está incluida — añadió. — En la despensa hay algunos productos que podrás utilizar para alimentarte y asearte durante tu primera semana y en el baño hay toallas para baño y lavabo. En cuanto al lavado, doblando la calle por la que hemos llegado encontrarás una lavandería. Todos los trabajadores la usan — informó.
— ¿Trabajadores? ¿En todo este edificio viven trabajadores? — preguntó incrédulo.
— Así es. El edificio pertenece a la compañía, así que tus nuevos vecinos son tus compañeros de trabajo — aclaró. Jack ni si quiera la miró, pues estaba ensimismado observando todo lo que, de repente, le había sido regalado. — En la habitación... — continuó la chica, entrando en la misma. —... encontrarás que las sábanas también son nuevas. Ah, y en el armario tienes algunas prendas para utilizar. Espero que hayamos acertado con tu talla.
— Un sueldo, una casa, ropa... ¿Donde está la trampa? — preguntó, posando su brazo en el marco de la puerta. Nora entendió que no había más que explicar y que Jack empezaría a impacientarse aún más, de forma que volvió a dirigirse al salón y sobre la mesa auxiliar, extendió un puñado de papeles que sacó de su bolso. — ¿Qué es eso? — preguntó el joven desde su espalda, cansado de seguirla.
— Contratos y clausulas de confidencialidad — esclareció la chica, aguardando con un bolígrafo en la mano. Jack también asiento en el sofá y leyó por encima lo redactado sobre aquellos papeles. El contrato y las clausulas no hacían más que advertir de serias consecuencias en caso de que la actividad de la empresa fuese descubierta o vendida en forma de información verbal o escrita, además de un puñado de palabrería que el hombre no pudo entender.
— Sí, sí. Todo muy bonito y legal, pero aún no me has dicho donde voy a trabajar. Todo esto suena a encerrona —. Nora no dijo nada. Se dirigió hacia el ventanal que dotaba de luz al salón y apartó las cortinas.
— ¿Ves aquel edificio de allí? Destaca por su arquitectura — señaló. Jack se aproximó curioso, encontrando que las vistas del salón permitían diferenciar en una de las calles próximas uno de los laterales del Museo Británico. — Allí es donde trabajarás.
— ¿En el museo? — se carcajeó. — ¿Tengo que robar para el museo? ¿Qué cosa? ¿Un papiro? ¿Un plato antiguo? — preguntó con tono de burla, pero al ver el rostro serio de la chica, comprendió que no estaba del todo equivocado en sus pesquisas. — ¿Va en serio? ¿Tengo que robar para el museo?
— Algo así — se cruzó de brazos la chica. — Puedes aceptar o volver a la cárcel. Tú — le recordó. — Pero si te quedas con nosotros y le cuentas a alguien para quien trabajas, o qué haces en tu trabajo, o qué ves en tu trabajo... en definitiva, hablarle a alguien de la empresa... no te puedo prometer la comodidad que has tenido en la cárcel. Nos tomamos muy en serio la confidencialidad, y a cambio, ofrecemos todo esto — señaló a la casa. — Tú decides, Jack Rhys. — En principio, el hombre se mostró serio, aparentando ser alguien profesional y cuidadoso, pero, finalmente, no pudo evitar mostrar una vez más su sonrisa y tomar el bolígrafo de la chica.
— Tengo que firmar ¿No es así? — preguntó, tomando todos los papeles a la vez. — ¿Y a cuanto asciende el sueldo?
— De eso podrás hablar mañana con el director — comentó la chica tras un suspiro, acercándose a la puerta.
— ¡¿Qué?! ¡¿Mañana?! ¡¿Por qué no hoy?! — preguntó algo desilusionado. De verdad esperaba descubrir que le deparaba el futuro cuanto antes. Las firmas, que empezaron siendo rápidas y ágiles, acabaron transformándose en un garabato sobre el papel. Nora los tomó todos cuando terminó.
— Porque necesitas asearte y mostrar buena imagen mañana. Date un baño, aséate y cena. Mañana por la mañana, a las diez en punto, te esperaré en la entrada del museo ¿De acuerdo? — insistió Nora, abriéndo la puerta dispuesta a marcharse. — Ah, y procura ser responsable. No llegues tarde — terminó por decir antes de desaparecer.
El silencio que rodeó a Jack, en su nueva casa, fue el silencio más peculiar que jamás había podido llegar a captar, roto únicamente por el sonido del tráfico de la gran ciudad. Rápidamente, volvió a acercarse a la ventana y observar desde la lejanía el museo. No podía creer que todo fuese tan fácil.
NORA
Nervios, era la palabra correcta.
Los tacones de los zapatos chocaban constantemente contra el suelo a la par que las manos sudaban sin parar. Se la estaba jugando y lo sabía. Ahora tendría que rendir cuentas de todo los problemas que un ladrón sin formación alguna pudiera causar a la compañía, pero no le quedaba otra opción. O probaba suerte, o la suerte iba a darle la espalda.
Hacía ya horas que las puertas del museo habían abierto. La gente no paraba de entrar, como de costumbre, armados con cámaras, panfletos e incluso cuadernos en los casos más interesados. Y entre tantas personas, Nora no era capaz de diferenciar a Jack. Le había pedido que a las diez de la mañana se encontrasen en la entrada, y a apenas un par de minutos de la hora acordada, él aún no estaba allí. Estaba desesperada, por no decir desilusionada. Empezó a preguntarse si quizás había cometido un error, si había errado al seleccionar a un preso o simplemente se había equivocado de preso, cuando le vio llegar. Se había vestido con una de las camisas que se encontraban en el armario, lo que le habían ver más presentable que al salir de la cárcel. Sin embargo, no había hecho con el cabello lo que esperaba. Sus rizos oscuros estaban desaliñados, aunque había igualado los laterales de su cabeza. Y su barba, la cual debía ser inexistente, estaba recortada. La chica se mordió la lengua con desesperación, pero al menos, tenía que admitir que era mejor que nada.
— Ya estoy aquí ¿Qué pasa? ¿Qué tengo que hacer? — preguntó algo entusiasmado. — Aunque esta ropa que me habéis dejado no es muy cómoda para rob...
— ¡Shh! — shitó la chica, llevándose un dedo a los labios. — Cállate.
— Pero si estamos en el museo.
— Estamos en el museo pero no en la empresa. Sígueme. — le pidió. — Y por favor, guarda silencio hasta que lleguemos. Te enseñaré las instalaciones.
Nora subió las escalinatas de la entrada, las cuales llevaron a ambos a cruzar la imponente fachada de arquitectura neoclásica, que pretendía imitar a los edificios de la Antigua Grecia de alguna manera. Se percató de que Jack admiraba las columnas jónicas con atención, incluso después de haberse quedado ensimismado con el frontón. Nada más entrar, se adentraron en una sala circular perfectamente iluminada gracias a la gran cúpula de vidrio y acero que servía de techo. En el centro de la sala, se alzaba una instalación que servía de biblioteca y a cada lado, numerosas salidas que llevaban a cada una de las alas del museo. Sin embargo, Nora no iba a tomar ninguna de aquellas salidas. — ¿Has estado aquí antes? — preguntó curiosa, sin dejar de caminar hacia el fondo de la sala.
Los tacones de los zapatos chocaban constantemente contra el suelo a la par que las manos sudaban sin parar. Se la estaba jugando y lo sabía. Ahora tendría que rendir cuentas de todo los problemas que un ladrón sin formación alguna pudiera causar a la compañía, pero no le quedaba otra opción. O probaba suerte, o la suerte iba a darle la espalda.
Hacía ya horas que las puertas del museo habían abierto. La gente no paraba de entrar, como de costumbre, armados con cámaras, panfletos e incluso cuadernos en los casos más interesados. Y entre tantas personas, Nora no era capaz de diferenciar a Jack. Le había pedido que a las diez de la mañana se encontrasen en la entrada, y a apenas un par de minutos de la hora acordada, él aún no estaba allí. Estaba desesperada, por no decir desilusionada. Empezó a preguntarse si quizás había cometido un error, si había errado al seleccionar a un preso o simplemente se había equivocado de preso, cuando le vio llegar. Se había vestido con una de las camisas que se encontraban en el armario, lo que le habían ver más presentable que al salir de la cárcel. Sin embargo, no había hecho con el cabello lo que esperaba. Sus rizos oscuros estaban desaliñados, aunque había igualado los laterales de su cabeza. Y su barba, la cual debía ser inexistente, estaba recortada. La chica se mordió la lengua con desesperación, pero al menos, tenía que admitir que era mejor que nada.
— Ya estoy aquí ¿Qué pasa? ¿Qué tengo que hacer? — preguntó algo entusiasmado. — Aunque esta ropa que me habéis dejado no es muy cómoda para rob...
— ¡Shh! — shitó la chica, llevándose un dedo a los labios. — Cállate.
— Pero si estamos en el museo.
— Estamos en el museo pero no en la empresa. Sígueme. — le pidió. — Y por favor, guarda silencio hasta que lleguemos. Te enseñaré las instalaciones.
Nora subió las escalinatas de la entrada, las cuales llevaron a ambos a cruzar la imponente fachada de arquitectura neoclásica, que pretendía imitar a los edificios de la Antigua Grecia de alguna manera. Se percató de que Jack admiraba las columnas jónicas con atención, incluso después de haberse quedado ensimismado con el frontón. Nada más entrar, se adentraron en una sala circular perfectamente iluminada gracias a la gran cúpula de vidrio y acero que servía de techo. En el centro de la sala, se alzaba una instalación que servía de biblioteca y a cada lado, numerosas salidas que llevaban a cada una de las alas del museo. Sin embargo, Nora no iba a tomar ninguna de aquellas salidas. — ¿Has estado aquí antes? — preguntó curiosa, sin dejar de caminar hacia el fondo de la sala.
— Puede ser, de niño quizás. No me acuerdo — respondió con cierta pereza.
— El Museo Británico es un museo, ante todo, de antigüedades — comenzó a explicar. — Las colecciones con las que cuentan hacen que el número de piezas ascienda a más de seis millones, las cuales abarcan diversos campos de la historia, la arqueología y el arte. Puedes encontrar exposiciones del Antiguo Egípto, la Antigua Grecia, arte mesopotámico e incluso asiático, así como piezas de la época medieval europea, de América, de África, del Medio Oriente e incluso Oceanía. — enumeró. — Aquí, en el Gran Atrio, puedes observar una enorme sala de lectura, la cual ha sido usada a lo largo de los años por numerosas personas célebres que han marcado el paso de nuestra historia.
— Sí, pero yo no he venido aquí a leer ¿Verdad?
— Así es. — Tras cruzar una puerta sin señalizaciones, llegaron a un pasillo que daba a un ascensor. Lo tomaron para tan solo bajar un par de plantas bajo el nivel del suelo. A Jack debió parecerle de broma que, tras cruzar las puertas, se diese de bruces con otras, sólo que éstas estaban cerradas y contaban en un lateral con una caja numérica y una especie de escáner. Nora tecleó una serie de números de forma rápida, para después, posar su mano en el escáner. Apenas pasaron unos segundos hasta que las puertas se abrieron para mostrar lo que, a todas luces era, una organización sumamente moderna.
El suelo brillaba tanto como lo hacían las paredes, donde Nora podía verse reflejada si quería. El color blanco predominaba por todas partes, únicamente variado en aquellas zonas donde se hallaban muestras de vegetación intencionadamente plantas y cuidadas, salvaguardadas tras cristales brillantes e impolutos. La decoración era tan minimalista, que los trabajadores, que andaban de un lado para otro, destacaban sobre todo lo demás. La chica pudo observar por el rabillo de su ojo que Jack se distraía fácilmente. Ya que las instalaciones estaban compuestas por enormes pasillos que se cruzaban entre sí, el hombre parecía no poder evitar echar ojo a las salas que quedaban a cada lado, repletas de ordenadores, servidores y tecnología que, de seguro, era incapaz de identificar. — Bienvenido a Tempus, Jack. Te encuentras ahora mismo en la que, quizás, es la organización más importante del mundo — se atrevió a decir. Sujetó la tablet que portaba con decisión, orgullosa de formar parte de aquel lugar.
— ¿Tempus? ¿Es que esto no es el museo?
— No, no lo es. Nuestra colaboración en el museo es innegable, tanto como lo es con la historia. Aquí protegemos la historia, salvaguardamos las líneas del tiempo y evitamos que lo que es, deje de serlo — comentó enigmática.
— ¿Que qué?
— Lo entenderás conforme conozcas el lugar — le aseguró. — De momento, piensa que sobre tu espalda ahora pesa la responsabilidad de custodiar la integridad del presente y del pasado. Por eso es tan importante que nadie sepa lo que hacemos aquí. Sería sumamente peligroso que las personas menos adecuadas comprendieran que el pasado y el presente son variables que se mueven a través de un flujo atemporal que... podemos cruzar — confesó con una sonrisa en los labios.
— No te sigo...
— Lo primero de todo es saber cómo estás ¿Te sientes bien? ¿Padeces alguna enfermedad? — preguntó interesada, cruzando uno de los pasillos y adentrándose en una sala médica. Observó que Jack ya no andaba con tanta rapidez. Era comprensible que la visión de varias salas equipadas con material sanitario pudiesen llegar a crear incertidumbre.
— No que yo sepa.
— No te preocupes, comprobaremos que todo esté bien. Entra aquí — Nora abrió una de las puertas y le invitó a entrar. En el interior, una chica aguardaba. Vestía una bata de enfermera y estaba trabajando con un par de informes que, rápidamente, apartó.
— Alice ¿Puedes encargarte? Serán solo unos minutos — pidió Nora, tomando asiento en una de las sillas que había repartidas por la habitación.
— Por supuesto. Por favor, siéntese sobre la cama — pidió la chica. Sus cabellos rubios se deslizaron por su espalda como movidos por el viento mientras abría los armarios y tomaba algunos utensilios.
— ¿Y esto? — preguntó Jack, algo alarmado.
— Un chequeo médico sin más, descuida — insistió la chica, ojeando su tablet. La enfermera procedió a comprobar su vista con sencillas peticiones y preguntas, para pasar después a comprobar su tensión. Seguidamente, comprobó su audición y posteriormente su estado general con otra serie de preguntas. Nora se dio cuenta rápidamente de que, entre sonrisas, ambos estaban coqueteando. Alice se había quedado prendada de Jack y éste no quitaba ojo de los ojos azules de la chica ni de su deslumbrante físico.
— Voy a sacar muestras de sangre ¿De acuerdo? — preguntó la enfermera, pasando a tomar una jeringuilla y algunos frascos.
— Todo lo que quieras — respondió él con galantería. Mientras tomaba la muestra, Nora tuvo que arquear una ceja, empezando a comprender de qué palo iba aquel ladrón.
— Sería conveniente una muestra de orina.
— Eso puede esperar. ¿Podrías enviarme los resultados cuanto antes?
— Descuida, dame una hora y lo añadiré a su historial ¿Ya lo tiene activo?
— Así es, muchas gracias Alice.
— De nada. Oh, esperad — se apresuró la chica a abrir uno de los cajones de su escritorio y extraer un papel. Otra clausula. — Tiene que firmarlo, señor.
— ¿Otro contrato? ¿De qué se trata ahora? — preguntó con cierto tono gruñón, perdiendo el semblante atractivo que había compuesto.
— Es un acuerdo que nos exime de culpabilidad si durante el periodo en el que trabaje con nosotros pierdes la capacidad de procrear — explicó Nora. — No tenemos indicios de que nuestros trabajadores hayan resultado infértiles tras un periodo prolongado de servicios, pero tampoco podemos confirmar que no pueda ocurrir.
— ¿Y me lo dices ahora?
— El protocolo es este — se cruzó Nora de brazos. — Como todo, queda a tu decisión — Jack chasqueó la lengua y acabó por firmar a regañadientes. La chica no podía entender como podía ser tan impulsivo con algo que para él aun era desconocido, pero al menos, se alegraba. Aquella actitud jugaba en su beneficio.
— Ya está. Total, no me gustan los niños.
— Una pena, a mi me encantan — añadió Alice.
— Bueno, todo es discutible ¿No crees? — le siguió de nuevo Jack. Una rápida intervención de Nora hizo que ambos dejasen de coquetear nuevamente. La chica instó al hombre a seguir acompañándola y se despidió de la enfermera con una sonrisa, sacándole de allí y haciendo que Alice volviese al trabajo.
— Esto es muy raro. Este sitio digo — señaló Jack. Llevaban ya varios minutos andando a través de las enormes instalaciones y su desesperación empezaba a transformarse en nervios. — Aquí hay mucho dinero, así que o este sitio es muy prestigioso o es una completa ilegalidad, y de organizaciones ilegales se varias cosas — añadió.
— Observa — le invitó Nora. Habían llegado al centro del lugar. Una enorme cristalera conseguía que el pasillo, hasta entonces recto, hiciese un trayecto semicircular. Tras los cristales, el hombre pudo observar como, a varios metros bajos sus pies, una enorme máquina que estaba siendo trabajada por un incontable número de personas, servía como centro neurálgico del lugar. Era enorme, altisima, llena de cables que rodeaban una plataforma redonda en su centro. De acero puro, repleta de paneles de mando y... sacada de cualquier historia de ciencia ficción.
— ¿Que... es esto? — preguntó atónito.
— Esto, Jack... es la historia.
— No te sigo...
— Lo primero de todo es saber cómo estás ¿Te sientes bien? ¿Padeces alguna enfermedad? — preguntó interesada, cruzando uno de los pasillos y adentrándose en una sala médica. Observó que Jack ya no andaba con tanta rapidez. Era comprensible que la visión de varias salas equipadas con material sanitario pudiesen llegar a crear incertidumbre.
— No que yo sepa.
— No te preocupes, comprobaremos que todo esté bien. Entra aquí — Nora abrió una de las puertas y le invitó a entrar. En el interior, una chica aguardaba. Vestía una bata de enfermera y estaba trabajando con un par de informes que, rápidamente, apartó.
— Alice ¿Puedes encargarte? Serán solo unos minutos — pidió Nora, tomando asiento en una de las sillas que había repartidas por la habitación.
— Por supuesto. Por favor, siéntese sobre la cama — pidió la chica. Sus cabellos rubios se deslizaron por su espalda como movidos por el viento mientras abría los armarios y tomaba algunos utensilios.
— ¿Y esto? — preguntó Jack, algo alarmado.
— Un chequeo médico sin más, descuida — insistió la chica, ojeando su tablet. La enfermera procedió a comprobar su vista con sencillas peticiones y preguntas, para pasar después a comprobar su tensión. Seguidamente, comprobó su audición y posteriormente su estado general con otra serie de preguntas. Nora se dio cuenta rápidamente de que, entre sonrisas, ambos estaban coqueteando. Alice se había quedado prendada de Jack y éste no quitaba ojo de los ojos azules de la chica ni de su deslumbrante físico.
— Voy a sacar muestras de sangre ¿De acuerdo? — preguntó la enfermera, pasando a tomar una jeringuilla y algunos frascos.
— Todo lo que quieras — respondió él con galantería. Mientras tomaba la muestra, Nora tuvo que arquear una ceja, empezando a comprender de qué palo iba aquel ladrón.
— Sería conveniente una muestra de orina.
— Eso puede esperar. ¿Podrías enviarme los resultados cuanto antes?
— Descuida, dame una hora y lo añadiré a su historial ¿Ya lo tiene activo?
— Así es, muchas gracias Alice.
— De nada. Oh, esperad — se apresuró la chica a abrir uno de los cajones de su escritorio y extraer un papel. Otra clausula. — Tiene que firmarlo, señor.
— ¿Otro contrato? ¿De qué se trata ahora? — preguntó con cierto tono gruñón, perdiendo el semblante atractivo que había compuesto.
— Es un acuerdo que nos exime de culpabilidad si durante el periodo en el que trabaje con nosotros pierdes la capacidad de procrear — explicó Nora. — No tenemos indicios de que nuestros trabajadores hayan resultado infértiles tras un periodo prolongado de servicios, pero tampoco podemos confirmar que no pueda ocurrir.
— ¿Y me lo dices ahora?
— El protocolo es este — se cruzó Nora de brazos. — Como todo, queda a tu decisión — Jack chasqueó la lengua y acabó por firmar a regañadientes. La chica no podía entender como podía ser tan impulsivo con algo que para él aun era desconocido, pero al menos, se alegraba. Aquella actitud jugaba en su beneficio.
— Ya está. Total, no me gustan los niños.
— Una pena, a mi me encantan — añadió Alice.
— Bueno, todo es discutible ¿No crees? — le siguió de nuevo Jack. Una rápida intervención de Nora hizo que ambos dejasen de coquetear nuevamente. La chica instó al hombre a seguir acompañándola y se despidió de la enfermera con una sonrisa, sacándole de allí y haciendo que Alice volviese al trabajo.
— Esto es muy raro. Este sitio digo — señaló Jack. Llevaban ya varios minutos andando a través de las enormes instalaciones y su desesperación empezaba a transformarse en nervios. — Aquí hay mucho dinero, así que o este sitio es muy prestigioso o es una completa ilegalidad, y de organizaciones ilegales se varias cosas — añadió.
— Observa — le invitó Nora. Habían llegado al centro del lugar. Una enorme cristalera conseguía que el pasillo, hasta entonces recto, hiciese un trayecto semicircular. Tras los cristales, el hombre pudo observar como, a varios metros bajos sus pies, una enorme máquina que estaba siendo trabajada por un incontable número de personas, servía como centro neurálgico del lugar. Era enorme, altisima, llena de cables que rodeaban una plataforma redonda en su centro. De acero puro, repleta de paneles de mando y... sacada de cualquier historia de ciencia ficción.
— ¿Que... es esto? — preguntó atónito.
— Esto, Jack... es la historia.
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