miércoles, 25 de marzo de 2020

NORA

Jamás, en su corto periodo de trabajo en Tempus, había llegado a imaginar que hacer viajes acompañada iba ser un incordio. Jack no hacía más que atraer los problemas, y enfadar a un ateniense con prisa podría haber causado una catástrofe temporal. Sin embargo, tenía que reconocer que gracias a su torpeza, habían topado con una pista nada más llegar. Ahora sólo debían tomarla y tirar de ella hasta desmantelar el posible robo, si es que llegaban a alcanzarla.
Correr en un suelo pedregoso con unas sandalias no era algo fácil, sobre todo cuando no se poseía la forma física suficiente como para perseguir a alguien que parecía estar entrenado. La figura alta y ancha del ateniense se perdía entre las múltiples siluetas de los ciudadanos, que transitaban con tranquilidad la polis, abriendo paso conforme la chica lo solicitaba con sutiles y cortas disculpas. 
— ¿Se puede saber por qué estás tan segura de que ese hombre busca a los Asu... como se llamen? — preguntó Jack, siguiéndola de cerca. Su voz no sonaba cansada en absoluto, casi se podría decir que no estaba dando lo mejor de sí en la carrera ladera abajo.
— Porque esos hombres... han preguntado por el Tridente de Poseidón — contestó la chica entre jadeos, concentrada en no perder de vista al hombre que, poco a poco, se alejaba cada vez más.
— ¿Y eso es raro aquí?
— Es lo común hablar de los dioses, pero no tan específicamente de algo que... los historiadores creen que... —  intentó explicarse, sintiendo como un dolor agudo le punzaba en el costado. Empezaba a sentir nauseas, un mareo desagradable que amenazaba con hacerla detenerse.
— ¿Estás bien?
— ¡Sigue a ese hombre, maldita sea!

La carrera comenzó a decaer por parte de la chica. La continúa carrera descendente del ateniense y la información que había dado, hicieron suponer a Nora que se dirigía hacia puerto. Y aunque desde la acrópolis pudo ver el mar, conforme bajaba cada vez le parecía más lejano. Finalmente, Jack tuvo que adelantarse. Confiando en que llegaría hasta el destino del hombre al que seguían sin mayores problemas, se permitió correr un poco más despacio... y qué error. 
Al llegar a puerto, una enorme zona llena de puntos de atraque y mercadería, donde los marineros subían o descendían de sus navíos y se intercambiaba pescado por dracmas, le costó encontrar a su compañero. Tuvo que pasar desapercibida, mientras recobrara el aire, mientras buscaba con la mirada a dónde había ido a parar Jack y lamentándose por no haberle explicado aún por qué era tan importante que no se separasen demasiado. 
Por suerte, su voz, que ya empezaba a ser familiar, resonó entre el gentío. Su baja estatura no le permitió ver entre el resto de atenienses, de forma que Nora tuvo que encaminarse hasta primera línea de puerto para descubrir como, sin escrúpulo alguno, el joven se estaba encarando con su objetivo.
— Te estoy pidiendo que me expliques lo del Tridente ¡No es tan difícil de entender!
— Pero, vamos a ver ¿Quien te crees tú que eres? ¡Que me lleve Hades ahora mismo si no estoy hablando con un loco! — gruñó el ateniense. Su voz sonaba cavernosa e imponente, la cual, acompañada de sus pintas, hicieron que la chica se temiese lo peor. Aunque apenas encontró fuerzas para hacerlo, corrió hacia ambos hombres, quienes discutían sobre una pasarela rústica de madera. Junto a ellos, un pequeño navío lleno de tripulación parecía contemplar la escena con suma curiosidad y extrañeza.
— ¡Eh! ¡Eh! — intervino Nora, colocándose entre ambos hombres y empujando a Jack hacia atrás, alejándole. Tenía que admitir que intentar hacer que se moviese era tan difícil como arrastrar una roca pesada. — Disculpa, perdónele. Le pierde la lengua y ha bebido demasiado — mintió. Nunca, en ninguno de sus viajes, había tenido que improvisar tanto como aquel día. 
— ¿Y ésta quien es? — señaló el ateniense a la chica. A decir verdad, él si que olía a vino y sudor. Ahora entendía su marcha tan repentina y acelerada en la Acrópolis. 
— Es una hetera — respondió Jack. De haber podido, Nora se hubiese palmeado la cara con un golpe contundente. No esperaba que el ladrón aprendiese palabras con tanta facilidad, ni mucho menos que se acordarse de todas sus explicaciones. De todo lo que podía haberle contado sobre Grecia, había elegido lo menos adecuado.
— Como digo, ha bebido demasiado vino y tendrás que disculparle. También nos han robado algunos dracmas, así que está enfadado — añadió. Se mordió el labio inferior con inseguridad, incapaz de adivinar hasta dónde estaban interfiriendo en el tiempo y en la vida de aquel hombre, pero, por suerte, éste se relajó. 
— ¿También os han robado dos tipos con máscara? Me dijisteis que no habíais visto nada — los señaló a ambos ésta vez.
— Porque... porque... no hemos visto quien ha sido la persona que nos ha robado — tragó saliva. — Durante la celebración había muchas personas, pero un par de ellas nos preguntaron sobre nuestra opinión sobre Poseidón y el tridente. Nos pareció extraña la necesidad de reflexionar de ello que tenían cuando la celebración conmemora a Atenea, pero no le dimos mayor importancia. Ahora creemos que quienes han robado los dracmas a ambos son la mismas personas — terminó por decir, comprendiendo que su mentirijilla surtía efecto.
— Ya veo — se rascó la nuca el hombre. — ¿Tantos dracmas os han robado como para que ese hombre se ponga así? — bufó. 
— Los suficientes como para comer y pagar mis servicios — se le ocurrió responder, componiendo la sonrisa más falsa que pudo. No quería ni ver la cara que Jack estaría poniendo en aquel momento. Por suerte, le estaba dando la espalda. — Te marchaste corriendo porque caíste en la cuenta de que los ladrones se dirigen a Lesbos ¿Verdad?
— Eso creo. O al menos sobre eso hablé. ¿No dice la gente que Poseidón bendijo las arenas de Lesbos y que allí dejó su Tridente para proteger la isla?
— ¿Ah, sí? ¿Eso dicen? — preguntó Nora con inevitable emoción. Sabía que Poseidón era venerado en Tebas porque los restos que la historia había dejado así lo confirmaban. Pero ¿Lesbos? Jamás había tenido indicios de ello. Y dándose cuenta de que su emoción estaba siendo demasiado llamativa, carraspeó y recobró la compostura. — Quiero decir... Sí, eso dicen — confirmó. 
— Voy a ir a buscarles. Con suerte, aquella palabrería no era simple distracción para quitarme el dinero y verdaderamente están buscando algo allí. Nadie me roba en la cara y se marcha como si nada. La ira de Ares no será nada comparada con la mía en cuanto les encuentre — confirmó, acercándose al navío que aguardaba. 
— ¡Espera! — le detuvo la chica. — Querríamos ir — pidió la chica. — Necesitamos los dracmas y no tenemos navío que nos lleve hasta Lesbos. 
— ¿Vosotros? ¿En mi barco? — preguntó dudoso. Nora entendió rápidamente que no todos los días alguien le pedía favores a alguien con tan mal aspecto como él. Miró de reojo las velas de su navío, que no presentaban bandera alguna... así que se temió lo peor. Estaba haciendo tratos con un pirata, sin lugar a dudas. — Como queráis. Pero que ése no moleste a mis hombres — señaló a Jack. — Subid ya, porque no voy a perder ni un poco más de tiempo. Con suerte, el viento soplará a nuestro favor — terminó por decir, justo antes de cruzar la pasarela y subir al navío de un salto. 
— ¿No decías que no podíamos interferir? — susurró Jack cerca de la chica, viendo como el ateniense preparaba a sus hombres, quienes desplegaban las velas y recogían amarras a toda prisa.
— Si esas personas son Asuras, ya han intervenido por nosotros — confirmó ella. 
— ¿Y qué demonios es el Tridente de Poseidón? ¿Existe?
— Quiero pensar... que sí.

Jack subió al navío sin dificultades, mientras que Nora necesitó un poco de tiempo para recoger su quitón y dar un salto demasiado grande para sus cortas piernas. Casi pensó que se iba a caer al pisar el suelo de cubierta, sobre todo porque Jack no le ayudó a detener su pequeño traspiés. Por suerte, consiguió conservar el equilibrio y aquello provocó la risa de los hombres y el capitán. Nora no se ofendió por ello, suponiendo que debía ser normal. — ¿Así tratas a la hetera que pagas? — preguntó el ateniense, dirigiéndose a Jack. — Aunque desde luego no pareces una hetera. Sin joyas, con prendas gruesas... No me extraña que os hayan robado los dracmas — aseguró. Nora notó que Jack quiso hablar, de seguro, replicar. Una mirada furtiva fue suficiente para conseguir que se callase. 
— Te recompensaremos con algunos dracmas cuando esto termine — aseguró la mujer, cambiando el rumbo de la conversación. El ateniense se acercó a ambos, cruzando de brazos, como si inspeccionase cada detalle físico de la pareja.
— Espero que así sea. Este barco no se cuida sólo con mimos — aseguró, acariciando la madera robusta de una de las barandas, tras esquivar a algunos de sus hombres, quienes ya estaban tomando los remos. — ¿Cómo os llamáis?
— Yo soy Casandra. Y él es... Argos — Nora inventó los nombres tan rápido como pudo, buscando en su mente el sin fin de ellos que había podido llegar a leer en antiguas escrituras.
— De acuerdo, Argos y Casandra. Yo soy Draco — se presentó caminando hacia el timón. — Lesbos está a un día de navegación, así que rezad a los dioses para que nos encontremos con esos desgraciados antes de surcar el Egeo — terminó por decir. Ambos le observaron alejarse y tomar la custodia del navío, haciendo que éste comenzase a alejarse de las orillas de Atenas conforme los marineros movían los remos a cada lado del mismo. 
Nora suspiró con tremendo pesar, dirigiéndose hacia la proa, el único sitio donde no molestaría a ninguno de aquellos hombres que ahora la transportaban. Jack la siguió, sin perder vista de todo cuanto le rodeaba. La chica fue incapaz de decir si aún estaba asumiendo la realidad o seguía perdido en la locura del momento, aunque aquel no era el mayor de sus problemas. Apoyando los codos sobre la baranda, frotó su rostro con rostro con pesar. — ¿Eso siempre es así? — preguntó el joven con curiosidad.
— No — contestó ella con rotundidad. — Sobre todo porque ahora nos estamos metiendo en un lío.
— ¿Un lío? ¿Qué pasa?
— Las velas no portan bandera. Creo que son piratas — susurró la chica en voz muy baja conforme el barco tomaba rumbo. 
— Pensaba que los piratas estaban en El Caribe.
— La piratería es un oficio, por así decirlo, tan antiguo como la prostitución. Desde la creación del primer barco, la piratería nació. Y estamos metido de lleno en uno repleto de ellos — se lamentó. 
— ¿Y por qué has propuesto acompañar a ese tío? — se quejó, algo alterado.
— Porque es la única pista que tenemos para llegar hasta el Tridente — bufó. Después, puso los ojos en blanco y suspiró. — El Tridente de Poseidón es una pieza que, aunque descrita por algunas personas de la Antigua Grecia, nunca ha sido encontrada por ningún historiador. Es un mito, una leyenda. Pero si existe, no me extraña que los Asura lo estén buscando. Están reuniendo piezas, artilugios de cada época significativa de la historia, una especie de balizas que... — un marinero pasó junto a ellos, de forma que la chica guardó silencio. — Ya te lo explicaré cuando volvamos — decidió, limitándose a contemplar como el imponente Partenón, coronando la Acrópolis, se desdibujaba lentamente de la visión de la mujer. Sus colores tan brillantes, imponentes y llamativos apenas habían podido ser disfrutados y aquello le provocaba un poco de tristeza. Deseó, al menos, solucionar el asunto con los Asura rápido para poder volver cuanto antes a una de sus ciudades favoritas. 
— Tengo que estar soñando...— murmuró Jack.
— Empieza a creértelo ya — sugirió ella, lanzándole una mirada empática. — Lesbos no va a ser el último sitio al que pretendan robar.
— ¿Estás de coña? — preguntó sorprendido. — ¿Vamos a viajar más?
— ¿Quieres bajar la voz? — chistó la chica, envuelta en nervios. — Preocúpate en que salgamos de ésta ilesos y que, cuando lleguemos a la isla, seas capaz de robar el Tridente mucho antes que los Asura, porque sólo para eso estás aquí. Cuando ésto termine, ya veremos cual será el próximo sitio al que irás — le apuntó con el dedo. — Y más te vale no separarte de mí mientras estemos en este tiempo, porque no ha sido muy conveniente que me hayas catalogado como una hetera. A partir de ahora, déjame hablar a mí y tu guarda silencio. 
— ¿Cómo quieres que actúe bien si ni si quiera soy consciente de estar aquí?
— Yo hablo y tú robas. El resto de pensamientos que tengas, guárdalos en el caos de tu mente hasta que consigas asentarla ¿Está claro? 
— Eres muy gruñona para la estatura que tienes — se burló. Nora cerró los puños, con una creciente ola de nervios y odio subiendo por su garganta. No podía gritarle, ni reprenderle ni despedirle. Sólo podía tragar sus sentimientos e ignorarle. 

— ¡Eh! ¡Vosotros dos!— gritó Draco desde su posición en el timón, una vez la orilla pasó a ser una fina linea en la visión lateral de todos. Jack y Nora se volvieron con curiosidad, pues hasta entonces, no se habían movido de la proa, procurando ser lo menos molestos posible. — ¡¿Alguna preferencia en la contienda?! — preguntó con tono jocoso.
— Ay, no...
— ¿Qué pasa? — preguntó Jack con el ceño fruncido. 
— Con todo este jaleo, se me había pasado completamente por alto — susurró, lanzando al hombre una mirada perdida y asustada. — Estamos en guerra.


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