lunes, 23 de marzo de 2020

Volver a casa.

Volver a casa era un concepto que, por lo general, hacía que el corazón de cualquiera se encogiera para luego dar un súbito salto de alegría. Volver, regresar al hogar tras mucho tiempo fuera, era de las sensaciones más reconfortantes que el ser humano podía experimentar: volver a degustar la compañía de los tuyos, de la familia. La sensación de seguridad como no había en otro sitio, la comodidad, la despreocupación, el poder descansar relajadamente del trabajo, del estrés y del agobio diario... ¿Pero cómo era el concepto de volver a casa, para alguien que había encontrado una nueva casa?

Charles Brody fue, durante mucho tiempo, profesor de historia con estudios superiores aparte sobre restauración y arte histórico. Era una persona amable, apacible y bastante tratable. Compartía sus aficiones por la cultura antigua con sumo gusto y trataba de vivir de ello aunque los sueldos no fueran lo bastante elevados debido a que la historia, como tal, tampoco era el campo más necesitado a la hora de ofrecer estudios y conocimientos a las nuevas generaciones que lo que buscaban, a fin de cuentas, era un trabajo honrado y no andar dando palos de ciego tras el legado de viejos pensadores griegos. Entonces, dos años atrás, Charles recibió una interesante oferta de trabajo que, siendo cierta, prácticamente le haría rico. Una agencia llamada Fugit quiso entrevistar al señor Brody para usar sus conocimientos en arte e historia para poder encontrar un objeto, al parecer. En principio, no debía ser más que pura arqueología. Según le contaron, Fugit trabajaba en esos momentos para un museo que estaba a punto de abrir sus puertas y que tenía la gran ambición de mostrar desde el primer día una de las maravillas más grandes jamás vista que se ocultaba en la Tierra, en Grecia, siendo más exactos. Poco sabía Brody que no era el dónde, sino el cuándo, donde se hallaba el problema.

Desde entonces ya habían pasado dos años cuando regresó a casa. Dos años perdido en tierras que solo conocía por los escritos, por lo que contaban viejos hombres en decenas de manuscritos, por grabados, frisos y mitología. Ahora había regresado a casa sabiendo qué era verdad y qué no. Con la piel tostada por el sol, las manos destrozadas de trabajar, pescar y hasta luchar, su cuerpo endurecido y notablemente más preparado para el ejercicio físico y el trabajo... Charles Brody había vuelto a casa, pero no era el mismo Charles que se marchó. Ahora respondía más al nombre de Natakas que al de Charles, pues no en vano había estado viviendo en la Antigua Grecia durante dos años, por increible que le siguiera pareciendo.

Volver a ver las extremadamente lujosas oficinas de Fugit le encogía el alma. Después de una ducha que le sabía alienígena y de vestirse con la incómoda ropa del presente, observaba la sala de espera donde tiempo ha esperaba la entrevista de trabajo con ilusión. Qué estúpido se sentía. Allí, donde se encontraba, solo había dinero. Dinero que él no había visto todavía y que se preguntaba si lo habría visto su familia. Llevaba dos años sin saber de su esposa y sus hijos, sin poder comunicarse con ellos ¿Qué pensarían? ¿Se enfadarían al verle? La agencia aseguró que los mantendrían muy acaudalados econónicamente gracias al gran servicio que iba a prestar Charles, además de tener el privilegio de viajar en el tiempo... Viajar en el tiempo. Acababa de hacerlo por segunda vez para volver de Grecia y seguía pareciéndole un cuento chino. Sin embargo, era real. Había estado allí, había trabajado con ellos, hablado con ellos, festejado con ellos... todo para involucrarse entre las masas y poder buscar lo que se suponía que existía: el Tridente de Poseidón. Pese a su inquebrantable y ferreo amor por las historias y las fantasías populares de Grecia, le parecía una completa estupidez buscar un objeto del Dios de los Mares ¿Y lo más increible? Que lo encontró. Al menos encontró una pista que le conduciría a ello, a la agencia y a él, para poder volver a la normalidad. Ahora solo quedaba esperar para reunirse con aquellos extraños y misteriosos jefes a los que nunca había visto y con los que habló por medio de intermediarios o llamadas telefónicas -¿Charles Brody?- la pregunta resonó en la sala de espera, iluminada por el sol de la mañana. El hombre, sumido en sus pensamientos, no contestó -¿Charles?- al oír el nombre de nuevo, el hombre reconoció que se dirigían a él. Se puso en pie como un relámpago y buscó el origen de la voz. Debía admitir que le costó mantener la mandíbula cerrada al ver a la mujer que le estaba llamando, si no es que era realmente la propia Afrodita disfrazada. Parecía ser una secretaria que lucía su uniforme con elegancia y pulcritud. Falda gris y chaqueta sobre camisa blanca, típico, sencillo pero con clase. No era sin embargo la ropa, sino la forma que dibujaba esa ropa. Esa mujer era perfecta, literalmente, en cualquier sentido de la palabra y en cualquier detalle que el hombre pudiera reparar: no era ni demasiado alta, ni demasiado baja. No le faltaba carne y músculo, ni le sobraba. Los contornos de sus piernas, sus brazos, sus hombros en la ajustada ropa eran llamativos. La curva de sus pechos se adivinaban bajo la blanca camisa, que hasta un poco dejaba entrever... y eso solo era el cuerpo. Su cara era prácticamente la de un ángel, o al menos la ensoñación básica masculina de un ángel de aspecto femenino. Era la belleza personificada, una musa para artistas. Tez blanquecina, ojos claros y labios tan rojos como una manzana de cuento, brillantes y sedosos... ¿De dónde diablos salía una mujer tan ficticia como ella? No estaba allí la última vez que fue. También era cierto que habían pasado dos años... -Puede acompañarme, señor Brody. La Dirección le espera- dicho eso, con voz dulce pero tono autoritario, se dio la vuelta para guiarlo por un largo pasillo. El suelo de todo el lugar era de marmol negro adornado con unas bonitas vetas blancas que recordaban a serpientes. Las paredes, en cambio, eran blancas como el marfil, dotando a la empresa de una imagen extraña, imponente y misteriosa con esos llamativos contrastes, pero a su vez lujosa, extremadamente lujosa. Charles la seguía fijándose en todo cuanto le rodeaba, como un niño perdido en mitad de un bosque, para siempre terminar fijándose en el movimiento sensual de las caderas de la joven al caminar. Juraría que podía intuir el movimiento de las nalgas de la chica al caminar... ¡Dioses! ¿Se estaba volviendo loco o es que una vida distinta le había cambiado hasta ese punto? Él no era así. De hecho, le fue fiel a su esposa durante esos dos años y no le faltaron mujeres con las que poder haberse acostado ¿Por qué ahora esa joven muchacha a la que no conocía le tentaba a los pensamientos más impuros que había tenido jamás? Tenía la certeza en sus adentros de que, a poco que le mirase un pícara, se mordiera un labio o simplemente se hiciera una caricia sugerente, caería presa de ese súcubo sin pensárselo dos veces y lo que era peor: sin remordimientos.

Entonces, llegaron a la sala de reuniones donde la junta directiva parecía estar esperándole para hablar detalladamente de todos los resultados. La maníquea y hermosa mujer le invitó a entrar primero a la sala para luego seguirle ella. La estancia estaba completamente a oscuras cuando la puerta se cerró a espaldas de Brody -¿Hola? ¿Hay alguien?- al preguntar, las luces se encendieron. Era realmente una sala de juntas con una mesa redonda enorme sitiada por diversos sillones negros. Allí había alguien esperándole, pero no eran directores de ninguna empresa.
-¿Charles...?- la voz de Jane, su esposa, se quebró al instante.
-¿Jane? ¿Y... los niños?- sorprendido, con el corazón en la mano, no sabía cómo reaccionar -¿Q-qué hacéis aquí?-
-¿Dónde has estado todo este tiempo...?- dijo la mujer poniéndose en pie. No había cambiado nada en dos años, solo los niños, que allí estaban, más grandecitos y mayores. Él sin embargo sí parecía haber envejecido bastante debido a las condiciones en las que vivía.
-Yo... Eh...- no sabía qué decir -Dioses... te he echado tanto de menos... Y mis hijos...- darse cuenta de que estaba ante ellos de nuevo le llenaron los ojos de lágrimas. Fue a dar un paso al frente cuando reparó que había alguien más -¿Y él?- un hombre estaba junto a su mujer. Se puso en pie un poco confuso y se toqueteó las manos, nervioso.
-Me llamo Arthur. Dios, esto es incomodísimo...-
-Es mi pareja- dijo dolida Jane -¿Charles...? Oficialmente llevas muerto dos años... ¿Cómo es posible?-
-Espera... ¿Cómo que pareja? ¿Muerto...?- miró a sus hijos de nuevo y contempló horrorizado que le miraban confusos como si estuvieran viendo a un desconocido. Cierto era que eran bastante pequeños cuando se marchó -Pero... Jane...- el corazón se le rompía por momentos.
-Si os parece bien, pasemos a los negocios- irrumpió la joven secretaria tomando asiento y dejando sus papeles sobre la mesa. De bajo de la misma, extrajo un maletín que colocó junto a sus papeles.
-¿Te estás riendo de mí?- gruñó Brody -¿Qué significa todo esto? ¿Cómo que muerto? ¡Se supone que ibais a mantenerlos con mi sueldo y a informarles de todo!-
-¿Qué es todo esto, Charles?- preguntó Jane. Todo era un caos. Estaban muertos de miedo -Nos han traido aquí bajo amenaza. Es un secuestro. Y ahora apareces tú... ¿En qué diablos te has metido?-
-¡Silencio!- ordenó a su mujer, o ex-mujer, señalándole con el dedo. Luego volvió a la secretaria -¡Tú, responde!-
-¿Dónde está el Tridente?- preguntó con sonrisa encantadora la joven.
-El Tridente...- casi se rio por lo irreal de la situación -Os lo podéis meter por...- antes de que acabara la frase, la secretaria abrió el maletín -No me interesa el puto dinero ¿Te enteras?- gruñó Brody antes de ver que lo que extraía era una pistola impoluta y brillante -¡No, no! ¡Espera!- la apremió, temiendo que hiciera daño a su familia. Dirigió la pistola hacia Arthur y apretó el gatillo. Los sesos del pobre hombre volaron por los aires hasta impregnar la pared de sangre y demás materia viscosa. Jane y los niños estallaron en alaridos y lágrimas.
-El Tridente- repitió la joven sin perder la amabilidad.
-¡Dale lo que sea que quiere, Charles, por el amor de Dios!- vociferaba Jane desesperada.
-¡No lo encontré, solo tengo pistas!- vociferó.
-¿Dos años y no has encontrado nada?- se sorprendió la bella joven -Supongo que nos equivocamos-
-Solo tengo esto ¡Esto!- le arrojó una miriada de viejos trozos de papiros garabateados, pintados con bosquejos de mapas y escritos sobre todo lo que había oído -Debe de estar cerca de Creta, posiblemente en Thira o...- mientras hablaba, la joven secretaria negaba con la cabeza.
-Una lástima, señor Brody- movió ligeramente la mano y apretó el gatillo. Uno de los niños cayó muerto sobre la mesa, inmóvil.
-¡NOOOO!- Jane se volvió loca de dolor, rota. Charles temblaba como si estuviera en el inframundo.
-Demonio... Eres un maldito demonio...- se quebró el hombre.
-Los demonios no existen, señor Brody- dijo ella poniéndose en pie elegantemente -Pero con un poco de tiempo, existirán los Nuevos Dioses- sonrió con una dulzura que contrastaba enormemente con la atrocidad que estaba cometiendo -Sacaremos algo de utilidad a estos... garabatos-
-Pudríos en el infier- la voz de Charles se silencio con un nuevo disparo. Luego siguieron dos más: a Jane y al niño que restaba vivo. Finalizado el trabajo, la joven recogió los papeles y con un suave y sedoso pañuelo blanco, limpió la pistola con un mimo equiparable a una madre para luego guardarlo todo por igual en el maletín. Era perfecta hasta en eso... y si alguien pudiera seguir viéndola se daría cuenta de que no era bella, no era perfecta de verdad, era un robot, una máquina, un maldito maniquí embrujado que se movía por arte de magia. Era desconcertante y extremadamente inquietante. Una cara bonita, una imagen de belleza absoluta pero descorazonada, sin alma, solo al servicio de los hilos que la movían. Antes de salir por la puerta con sus papeles y el maletín, se detuvo un segundo a trastear en su reloj inteligente para realizar una veloz llamada.
-Iniciad Protocolo de Limpieza en XTF-13- masculló al reloj para luego salir de la habitación.

Ni el día siguiente ni en los venideros, ninguna noticia habló sobre la desaparición de Jane Winter y sus hijos, ni de Athur Stans, ni se recordó nunca más a Charles Brody. Al día siguiente, el edificio y la empresa Fugit al completo se desvaneció como si nunca hubieran existido.

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